La Semana Santa como fenómeno religioso.
La Semana Santa es el eje central del año litúrgico cristiano. Pero no vamos a
centrarnos, aquí, en esta cuestión, sino en la celebración de la misma por las
calles de Andalucía y, en concreto, de Córdoba.
Las llamadas popularmente
procesiones, su denominación verdadera es estación de penitencia, suponen un
fenómeno religioso digno de atención. En muchos lugares de España y del mundo se
observa este hecho como una manifestación poco menos que folclórica, no
negaremos que algo de eso quizá haya, y se rechaza por excesiva desde un punto
de vista reduccionista y basado en el desconocimiento.
Desde hace siglos, en
Córdoba, se vive la Semana Santa con plenitud de fervor, abarrotando las calles
de fe cristiana y devota ensoñación asamblearia. Contribuyen a este sublime
rito, que se adapta a todas las condiciones y toma todas las formas imaginables,
numerosísimas personas de diferente condición, edad y sexo: cofrades, nazarenos,
penitentes, músicos, sacerdotes, sastres, orífices, pregoneros, costaleros,
saeteros, cargos, hermanos mayores, autoridades, fuerzas del orden,
espectadores, etc. Gentes todas que consiguen con su esfuerzo que, cada año, la
Semana de Pasión se desarrolle cabalmente y sin entorpecer la marcha habitual de
la ciudad. Todo un rito que permite dejar el espíritu sin otra preocupación que
la de participar en la grave dimensión de las escenas que se están
representando; miles de personas que sienten de verdad la muerte de Jesús como
muerte propia en la madrugada del Viernes Santo, para revivir después con Cristo
el Domingo de Resurrección y compartir con toda la cristiandad su alegría.
La
Semana Santa es un hecho religioso. Hecho, en tanto en cuanto es un
acontecimiento real que constituye un dato de experiencia, y es un fenómeno en
su acepción mas usual según el DRAE: algo extraordinario y sorprendente. Y es
religioso porque, obviamente, es una manifestación de la relación del hombre con
Dios. En la Semana Santa podemos encontrar la cinco dimensiones de la religión,
siendo las más llamativas, la más fácilmente apreciables, la dimensión cultural
y social.
Ante esta celebración es fácil apreciar que el hecho religioso
contribuye a conservar la cultura y la dinamiza extraordinariamente. Aquí
encontramos creaciones culturales, tradiciones y usos que contribuyen al sistema
común de vida de esta comunidad. Y todo ello, a su vez, constituye una
experiencia religiosa, un encuentro personal entre el hombre y Dios. Hay una
interiorización religiosa que, luego, siente la necesidad de establecer lazos
sociales. Se aprecia, entonces, una dimensión social, una fe enraizada en la
vida de un pueblo que influye en la acción social, aún cuando lo haga con sus
anomalías y deformaciones.
Tras el Concilio de Trento se regula la presencia
de imágenes en los templos y, como consecuencia de sus regulaciones, encontramos
los primeros escritos donde se trata de la hechura, vestuario y lugar donde
debían estar ubicadas las imágenes de las hermandades y cofradías. Ya desde
aquellos siglos se observa que es una celebración abierta a todos, los
requisitos exigidos para ingresar en una cofradía suelen limitarse a una buena
conducta moral. Incluso para ser hermano mayor no hace falta ser de una clase
social pudiente, basta con ser buen cristiano y estar comprometido; en el siglo
XVII encontramos hermanos mayores labradores, albañiles, carpinteros,
mercaderes, plateros, olleros, guadamecileros y cirujanos, estos últimos muy
distantes del reconocimiento social que hoy tienen.
Las hermandades y
cofradías de Córdoba, como las de otras ciudades andaluzas, atesoran un rico
patrimonio artístico reunido a lo largo del tiempo buscando honrar y engrandecer
a sus imágenes titulares. La mayoría de estas piezas son retablos, lienzos de
pintura, objetos de ajuar litúrgico, ornamentos y, sobre todo, las propias
imágenes y los pasos sobre los que procesionan. En Córdoba, pasean por las
calles tallas anónimas de los siglos XIII al XVII; Nuestro Padre Jesús del
Calvario, obra del fraile trinitario fray Juan de La Concepción en 1.743; El
Santísimo Cristo de Gracia tallado en Puebla, Méjico, por nativos recién
bautizados en el XVII; y más recientes de Juan de Mesa y Amadeo Ruiz Olmos. Las
obras de platería, desde cruces de guía y varales hasta incensarios, y los
bordados contribuyen, entre otras muchas artes, al patrimonio cultural y
litúrgico de la Semana Santa.
La financiación de las cofradías proviene de
las cuotas de los hermanos, limosnas y actividades varias que se utilizan, no
solo en costear el desfile, sino en obras de caridad y celebraciones litúrgicas
como triduos y quinarios. En todos los cultos, la cera ocupa un papel
importante. Desde el principio La Iglesia usa el fuego y la luz con un marcado
carácter simbólico, en cuyo caso se usa la cera de abeja. En la antigüedad la
abeja era considerada como prototipo de la virginidad, los más antiguos doctores
ven en la cera la figura del cuerpo de Jesucristo, nacido de La Virgen María. La
cera simboliza la expresión de fe de los portadores.
En todo ello se puede
observar, también, la dimensión de lo sagrado; el halo de que están revestidas
ciertas cosas cuando se les dirige una mirada cuidadosa y atenta, cuando se
descubre un exceso de realidad que aparece como algo tremendo y fascinante. Y,
además, se concreta en algo determinado y específico, que pertenece al ámbito de
lo religioso. También se encuentra aquí la dimensión divina, porque todo está
revestido de esas propiedades singulares y de carácter excepcional que revelan
superioridad y poder sobre el hombre y su destino, basta con observar las largas
filas de penitentes.
Por último encontramos la dimensión personal, tanto en
lo específico: la oración, el culto, el rito; como en lo general: la manera de
afrontar la vida. Solo hay que conocer y padecer el esfuerzo y el sacrificio que
supone ser nazareno, o acompañar a las procesiones viviendo íntimamente cada una
de las escenas de la pasión; imagínense los costaleros. Y sin olvidar que el
verdadero cofrade está siendo cristiano en su comunidad todo el año.
Claro
que todo esto también se puede ver desde la óptica de un mero observador
distante e indiferente, como quien asiste a un espectáculo banal. Hay gente para
todo.
Autor: Joaquín Ramírez | Fecha: 30/03/05
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