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Extracto de la carta pastoral del Obispo de Córdoba ante la beatificación de 498 mártires de la persecución religiosa en España (1934-1939): Mártires nacidos en la Diócesis de Córdoba.

1. Entre los futuros beatos se cuentan veintisiete mártires vinculados a nuestra Diócesis. Siete nacieron en ella, todos ellos incluidos en la causa promovida por la Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos). De ellos, cuatro fueron sacerdotes y miembros del citado instituto. Resumo brevemente los datos fundamentales de sus biografías:

  • P. Antonio Torrero Luque. Nació en Villafranca de Córdoba el 9 de octubre de 1888. Profeslogo beatificación martiresó en la Congregación salesiana el 8 de diciembre de 1907. Religioso de gran corazón y sumamente sacrificado, trabajó sin descanso por la formación de la juventud pobre y abandonada. Predicador infatigable, fue apóstol solícito solícito de la devoción a María Auxiliadora. Cuando estalló la persecución religiosa, era director del Colegio salesiano de Alcalá de Guadaira. Allí fue martirizado en la tarde del 24 de julio de 1936.
  • P. Antonio Mohedano Larriva. Nació en Córdoba el 14 de septiembre de 1894. Emitió sus votos religiosos en septiembre de 1914. Fue director de las Escuelas salesianas de Ronda (Málaga). Sufrió el martirio en dicha ciudad el día 2 de agosto de 1936, dando pruebas de honda piedad y de una admirable serenidad.
  • P. Antonio Fernández Camacho. Nació en Lucena el 22 de octubre de 1892. Profesó en la Congregación salesiana en septiembre de 1909. Fue apóstol de la Eucaristía y de la devoción a Maria Auxiliadora. Recibió la palma del martirio en Sevilla el 20 de julio de 1936, siendo el primer mártir salesiano en Andalucía.
  • P. Miguel Molina de la Torre. Nació en Montilla el 17 de mayo de 1887. Profesó en la Congregación de San Juan Bosco en mayo de 1913. Le sorprendió la persecución religiosa en Ronda donde estaba destinado. Fue martirizado en la mañana del 28 de julio de 1936.

2. En el grupo de siete mártires nacidos en la Diócesis ocupan un lugar destacado el sacerdote diocesano Antonio María Rodríguez Blanco, la madre de familia Teresa Cejudo Redondo y el joven Bartolomé Blanco Márquez, todos ellos cooperadores salesianos. D. Antonio María Rodríguez Blanco nació en Pedroche el 26 de marzo de 1877. Inició sus estudios en el Colegio salesiano de Utrera (Sevilla). De allí pasó al Seminario de San Pelagio de Córdoba. Ordenado sacerdote el 6 de abril de 1901 por el Obispo José Pozuelo y Herrero, después de obtener la licenciatura en teología en Sevilla, ejerció el ministerio sacerdotal en su pueblo natal, en el Seminario de Córdoba como profesor y, desde junio de 1905, como párroco de Santa Catalina de Pozoblanco. Se distinguió por su honda vida interior, celo apostólico y caridad con los pobres, por su dedicación al confesionario, a la catequesis y a los enfermos y por su amor filial a la Santísima Virgen en su doble advocación de Ntra. Sra. de Luna y Auxiliadora de los cristianos. Fue además muy querido por los fieles. Trabajó sin descanso para que la familia salesiana fundara en Pozoblanco en el año 1930. Fue detenido el 16 de agosto de 1936 y martirizado en esa misma fecha, mientras oraba por sus perseguidores. Pidió morir abrazado a la cruz situada en el centro del camposanto de Pozoblanco. “A vuestra disposición. Que Dios os perdone como yo os perdono”, fueron sus últimas palabras. Tenía cincuenta y nueve años. Sus restos mortales están enterrados en una fosa común en el citado cementerio3.

3. Teresa Cejudo Redondo nació en Pozoblanco el 15 de octubre de 1890. Estudió en el Colegio de las religiosas Concepcionistas. Contrajo matrimonio con el arquitecto Juan Caballero Cabrera en abril de 1925 y fue madre de una niña. Fue ejemplo de esposa y de madre. Fue presidenta de las Mujeres de Acción Católica, de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de las Marías de los Sagrarios. Fue también una activa cooperadora salesiana. Cuando en julio de 1936 se desató la persecución religiosa, se ofreció al Señor como víctima por el triunfo de su causa. Seis días después del asesinato del párroco D. Antonio María Rodríguez Blanco, el 22 de agosto de 1936, fue detenida por su condición de católica comprometida. Después de despedirse de su familia, fue conducida a prisión. Allí se mantuvo serena y tranquila, animando a quienes con ella estaban en la cárcel y dando un ejemplo sublime de caridad. Fue juzgada el 16 de septiembre, acusada de propaganda política contra las ideas marxistas, a lo que ella respondió: “No ha sido por defender al capital, sino la ley de Jesucristo”. Fue condenada a muerte, junto con otras diecisiete personas católicas. Después de despedirse de sus dos hermanas y de abrazar a su hija, el 20 de septiembre fue ejecutada. Quiso ser la última en morir para poder animar a sus compañeros de martirio con la esperanza de la vida eterna. Se negó a que le vendaran los ojos, pues no temía a la muerte. “¡Os perdono, hermanos! ¡Viva Cristo Rey!” fueron sus últimas palabras. Tenía cuarenta y cinco años. Sus reliquias se guardan en la capilla del colegio salesiano de Pozoblanco. Unos días antes, su marido había sido asesinado en Valencia.

4. Especialmente conmovedora y admirable es la biografía del joven Bartolomé Blanco Márquez, nacido en Pozoblanco el 25 de diciembre de 1914. Huérfano de madre a los tres años y de padre a los once, fue educado por sus tíos. Estudió en la escuela pública, que hubo de abandonar a los doce años para trabajar como sillero con un primo suyo. Frecuentó el Oratorio festivo del Colegio salesiano, del que fue catequista. Dotado de una extraordinaria inteligencia y de un deseo grande de formarse, contó con la ayuda inestimable del P. Antonio do Muiño, director del Colegio, que fue además su director espiritual. En 1932 se fundó en Pozoblanco la Juventud Masculina de Acción Católica, de la que fue secretario. En esta época se interesa por la Doctrina Social de la Iglesia, lee cuanto está a su alcance e inicia el apostolado entre los obreros valiéndose de sus extraordinarias dotes como orador. En enero de 1934 es presentado en Madrid a D. Ángel Herrera Oria, futuro Obispo de Málaga y Cardenal, quien le facilita su participación en un curso de formación en el Instituto Social Obrero. Ello le permite hacer un viaje al extranjero junto con otros once compañeros para conocer de cerca las organizaciones obreras católicas de Francia, Bélgica y Holanda. A su vuelta a Pozoblanco, en poco más de un año, funda ocho sindicatos católicos en otras tantas poblaciones de la provincia de Córdoba. El manantial de su actividad desbordante y de su ardor apostólico fue su sólida vida interior, centrada en la oración, en el amor a la Eucaristía, en la participación asidua en los sacramentos, en la devoción a la Virgen, en la dirección espiritual y en los ejercicios espirituales, como él mismo nos descubre en su plan de vida. Iniciada la contienda civil, fue detenido el 18 de agosto de 1936 por su condición de dirigente católico. En la cárcel de Pozoblanco su comportamiento fue ejemplar. Se preparó al martirio con intensa piedad. Jamás perdió la serenidad ni el buen humor. El 24 de septiembre fue trasladado a la cárcel de Jaén, donde es juzgado el 29 por su condición de propagandista católico. Se defendió solo ante el tribunal. El juez y el secretario quedaron admirados de su elocuencia y de la firmeza con que defendió sus profundas convicciones religiosas. Trataron incluso de ganarlo para su causa al comprobar sus cualidades como líder social. No lo consiguieron. Al serle comunicada la sentencia se limitó a responder: “Habéis creído hacerme mal y al contrario me hacéis un bien porque me cinceláis una corona”. Antes de entrar en la celda reservada a los condenados a muerte, repartió su indumentaria entre los encarcelados necesitados, mientras confortaba a otros condenados. Un testigo presencial asegura que “era tanta su alegría que parecía dar la impresión de ir a un banquete o a una boda.”. En la mañana del 2 de octubre, antes de ser conducido al camión que le iba a llevar al lugar de la ejecución, se descalzó. Él mismo explicó este gesto a quienes lo conducían: “Jesucristo fue descalzo al calvario; así quiero ir yo también”. Antes había besado las esposas que le ponía un guardia de asalto mientras pronunciaba estas palabras: “Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del cielo”. Ya en el lugar de la ejecución, no quiso que le vendaran los ojos. Murió de pie, junto a una encina, con los brazos en cruz, perdonando a quienes lo mataban, mientras gritaba “¡Viva Cristo Rey!”. Tenía veintiún años. Sus restos se guardan en la iglesia del Colegio salesiano de Pozoblanco.

5. De su grandeza de alma, de su fortaleza en el martirio y de sus sentimientos de perdón hacia sus verdugos dan fe dos cartas conmovedoras escritas en la víspera de su muerte, que transcribo a continuación, convencido del gran bien que su lectura puede hacernos a todos, especialmente a los jóvenes. Su corrección formal revela una formación poco común en un joven obrero, pero sobre todo revelan un amor ardiente a Jesucristo y una fe y unas convicciones cristianas profundamente arraigadas. La primera está dirigida a sus tías y primos y su contenido es el siguiente:

Queridas tías y primos: Cuando me faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros mi último y postrer recuerdo con esta carta. ¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia. He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho. Hago todas estas preparaciones que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince sacerdotes que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos. Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo. Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón. Sea ésta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. Si algunos de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.), interesaran a alguien y pudieran servir para propagación del catolicismo, entregárselos y que los use en provecho de la Religión. No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratadla con el mayor esmero en cuanto a educación; yo que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré porque sea modelo de mujeres católicas y españolas. Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio grande, no lo hagáis; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo. Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios. Hasta el cielo. Os abrazo a todos. Bartolomé”.

La segunda, dirigida a su novia, es todavía más conmovedora. Refleja igualmente sus profundas convicciones religiosas, un amor tierno y limpio a la que hubiera sido su esposa y una fe inquebrantable en la vida eterna. He aquí el precioso texto:

Maruja del alma: Tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide para que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte. Estoy asistido por muchos sacerdotes que cual bálsamo benéfico van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo. Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto y, al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes?... Claro está, puesto que al maltratarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos. Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará. Hasta entonces pues, Maruja de mi alma. No olvides que desde el cielo te miro y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida de nada sirven los bienes y goces terrenales si no acertamos a salvar el alma. Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia y para ti todo mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración. Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos. Bartolomé”.

¡Que ejemplo más luminoso el de este joven militante obrero cristiano de Pozoblanco para los jóvenes de nuestra Diócesis y muy especialmente para los jóvenes de Acción Católica, que con la ayuda de Dios tratamos de potenciar, y para los miembros de la JOC diocesana!

Fuente: diocesisdecordoba.com  |  Autor: D. Juan José Asenjo Pelegrina (Obispo de Córdoba)  |  Fecha: 20/09/07

 

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