La otra Memoria Histórica
La Iglesia ha gestionado la beatificación de los 498 mártires españoles asesinados durante la II República y la Guerra Civil, a causa de su fe cristiana, con su habitual prudencia y discreción. Se trataba de un acto de carácter esencialmente religioso y se ha procurado al máximo desproveerlo de cualquier matiz político para que no se pudiese utilizar como ocasión de confrontación en el caldeado ambiente que se vive en España. Tan bien lo ha hecho que el Gobierno, después de algunas vacilaciones que se han filtrado en la prensa, ha cumplido el protocolo habitual —o casi— en estos casos, lográndose al parecer entre autoridades españolas y eclesiásticas una diplomática cordialidad. Pero, a pesar de que la Iglesia no quiera, y al Gobierno no le interese, situar aquellos asesinatos —muestra muy reducida de varios miles de hechos similares— en su contexto histórico es indudable que resulta imposible aislarlos de la terrible experiencia colectiva que vivieron los españoles hace siete décadas, especialmente en un momento en que el Gobierno, al socaire de la mal llamada “Memoria Histórica”, se presenta como heredero de una de aquellas dos Españas, precisamente de la que integraba en su seno a los asesinos, cuyas víctimas han merecido el justo reconocimiento que ahora les ha dado la Iglesia.
Zapatero no ha desaprovechado la ocasión de presentarse como el continuador de aquel desgraciado régimen que, desde su principio, se identificó con sólo una mitad de la sociedad española y que trató de eliminar o arrinconar a la otra mitad. El propósito de descristianizar a España se convirtió en uno de los pilares de aquel régimen tal y como es patente en la Constitución de 1931 y sobre todo en la acción de los sucesivos gobiernos republicanos de izquierda. Exactamente la misma política de “tinelización” que ahora se viene practicando, aunque, por fortuna, en estos tiempos nuestros no sean posibles ni revoluciones como la de 1934 ni guerras civiles como la que culminó aquella cadena de despropósitos. Es curioso que Zapatero pretenda, sin rubor, enraizar con la legitimidad de aquella República, un régimen que, sobre todo desde febrero de 1936, se deslegitimó a sí mismo.
La memoria histórica de Zapatero es un zafio intento —lo hemos dicho aquí mismo varias veces— de ganar una guerra que aquella izquierda perdió hace 70 años. Gusten o no gusten —que de todo hay y cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera— los veredictos de la historia son inapelables. Tan repugnante es el intento de los polacos hermanos Kazinsky, ahora derrotados, de erradicar a quienes tuvieron algún contacto con el desaparecido régimen comunista, como los indisimulados propósitos de Zapatero de volver a dividir a España entre unos “buenos”, que obviamente serían los republicanos y quienes se sienten sus sucesores, y los “malos”, que no sólo serían aquellos que se sienten herederos del bando vencedor, sino tantos millones de españoles que no nos sentimos vinculados a ninguno de aquellos bandos. Esa política de división deslegitima a cualquier político que la practica. Como escribe el gran pensador Bertrand de Jouvenel, la política es “la técnica de agregación de voluntades”, lo que quiere decir que el buen político es el que suma y no resta ni divide. Por eso —continúa— “se reserva el nombre de grandes políticos para los que han fundado, extendido y consolidado agregados humanos”. Y añade que “también… puede existir un trabajo político negativo: el que tiende a la disgregación”. A la luz de estas reflexiones es evidente que Zapatero es el gran disgregador: ha fomentado tanto la disgregación ideológica como la disgregación territorial. Nunca habíamos visto menos solidaridad entre las regiones españolas, más recelos entre los españoles de unos y otros territorios, más egoísmo descerebrado disfrazado de pequeños nacionalismos que darían risa si no dieran tanta pena. La obra de Zapatero socava abiertamente lo que trabajosamente edificó la Transición que, ante todo, fue un proceso “de agregación de voluntades”, un empeño por esa paz civil, de la que tanto habla el presidente, pero por la que tan poco se esfuerza, porque esa paz es la antítesis de su trabajo de división y revancha. Para tantos españoles que apostaron y se enorgullecieron con la Transición, hablar ahora de la pretendida legitimidad de la II República como antecedente de esta democracia o pretender que los valores sectarios de aquel régimen son los mismos que los de la Constitución de la Concordia que nos dimos en 1978 es un insulto intolerable. Frente a su falsa y tergiversada memoria histórica, instrumento de odio y de vuelta a nuestro desgraciado pasado cainita, la beatificación de los mártires españoles es esa otra memoria histórica que nos devuelve la plenitud de nuestro pasado, con todas sus sombras, pero también con todas sus luces. La voluntad de perdón y de reconciliación de aquellos mártires tiene un indudable sentido religioso, pero en su actitud ante la persecución y la muerte hay una valiosa lección política que no debemos olvidar nunca.
Fuente: negocios.com
| Autor: Alejandro Muñoz-Alonso | Fecha: 30/10/07
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