Ser católico es vivir sin miedo
En estos tiempos en los que el laicismo agresivo pretende monopolizar los tres ámbitos en los que el individuo se
forma y alcanza la madurez en libertad –familia, escuela, religión–, la política se revela como un campo de acción
fundamental para el presente y futuro de nuestro país.
Los primeros años del actual
Gobierno socialista en España
se han caracterizado, entre otras
cosas, por un inusitado interés en imponer
medidas legislativas de tipo intervencionista en asuntos en los que los ciudadanos
hace ya tiempo que alcanzaron
la mayoría de edad. Así, la enseñanza,
las relaciones familiares y la forma de
ejercer el derecho a la libertad religiosa se han visto afectadas por la pretensión
laicista de querer abarcarlo todo, de tal
manera que el Gobierno se ha otorgado
a sí mismo la potestad de inmiscuirse
en temas en los que son las personas de
la calle, las familias, las que tienen la
primera y la última palabra. Los católicos
se han visto afectados, en especial,
por diferentes medidas gubernamentales.
Así, cualquier familia católica ha
tenido la ocasión de asistir, atónita, a
la intención del Gobierno de organizar
lo que hacen dentro y fuera de su casa,
inmiscuyéndose en la manera de educar
a sus hijos, desvalorizando su vínculo
matrimonial y su aportación al futuro de
la sociedad, y reduciendo su fe a la mera
participación en la Misa dominical.
No es de extrañar, por tanto, la desorientación
que puede tener cualquier
católico al observar el panorama sociopolítico
actual. Si en tiempos pasados
los valores cristianos encontraban mejor
acogida en una sociedad que no había
perdido los valores humanos fundamentales,
hoy las cosas han cambiado. La
secularización y la indiferencia hacia
la religión están dando paso, en los
últimos años, a un combate declarado
contra la religión católica y su pretensión
de recuperar para el bien común
esos valores, que no son exclusivamente
cristianos, sino que pertenecen al patrimonio
común del ser humano.
Por su constitución y origen, la fe no
se puede reducir a una mera práctica de
piedad, y por ello lleva consigo una vida
moral que, más que ser percibida como
una exigencia, es consecuencia de la
misma experiencia de fe. No se puede
tener la convicción de que Dios es el
autor de la vida humana y, al mismo
tiempo, defender –o tolerar– la práctica
del aborto. La dimensión racional de la
fe no permite aceptar esta contradicción.
Por todo ello, ante el panorama que
podemos ver en la actualidad, surge la
cuestión acerca de cómo la fe puede
encontrar expresión en la vida pública.
A este respecto, don Eugenio Nasarre,
diputado del Partido Popular, afirma
que «la fe no es ningún obstáculo para
participar en la vida pública, sino todo
lo contrario; es un acicate, un motor de
la defensa de valores fundamentales de
la persona. En estos momentos, es un
punto clave –ya que, a veces, no resulta
fácil– el problema de la coherencia entre
la dimensión que proporciona la fe y
los compromisos en una sociedad muy
secularizada, en la que se ha producido
lo que se ha dado en llamar apostasía
silenciosa, principalmente en la sociedad
europea».
Asimismo, doña Gotzone Mora,
del Partido Socialista, afirma que, «si
intentamos analizar las enseñanzas del
Evangelio, está claro el camino quetenemos que emprender para desarrollar
nuestra actividad en la vida política.
Concretamente, yo, por ejemplo,
he intentado denunciar públicamente
una situación que me parece totalmente
carente de valores y de principios, que
está desarrollando actualmente tanto el
PSOE, en el Gobierno, como los nacionalismos
periféricos que, por sus afanes
independentistas, nos están metiendo en
una dinámica peligrosa. ¿De dónde he
cogido ese testigo? Precisamente, de los
evangelios. Yo me encuentro, al analizar
el tránsito de Cristo hacia la Cruz,
que Él acepta voluntariamente ir; era el Hijo de Dios y se podía haber librado.
En mi caso, yo me podría haber marchado
del País Vasco sin ningún problema;
sin embargo, el Evangelio me enseña
que el tránsito de Cristo hacia la Cruz
es el preámbulo de la Resurrección.
Si nosotros somos capaces de resistir,
de dar un paso hacia delante, de dar
ejemplo de vida, diciendo lo importante
que es para nosotros y para los demás el
mantenernos aquí, defendiendo nuestras
creencias, de alguna manera vamos a
ver el cambio, porque eso tiene que dar
la vuelta en algún momento. ¿Dónde
hay más esperanza que en el Evangelio?
Para las personas que vivimos como yo,
la esperanza es fundamental. A mí el
Evangelio me da esperanza y me dice lo
que tengo que hacer como cristiana».
La libertad de expresión
Quizá sea Estados Unidos uno de los
lugares del mundo donde las expresiones
de fe en la vida pública y política
son vistas con una mayor naturalidad.
A este respecto, el politólogo norteamericano
Michael Walzer declara
que «podemos insistir en negar a las
religiones un poder coercitivo sobre
el Estado, así como debemos proteger
a las religiones de ese mismo
poder coercitivo empuñado por el
Estado; pero lo que no podemos es
impedir a los ciudadanos esgrimir
sus ideas religiosas para formar una
línea política propia. Debemos evitar
el atrincheramiento de una religión en
particular, o de la religión en general,
en la vida pública; pero no podemos
censurar la promulgación de leyes inspiradas
en doctrinas religiosas, como
no lo hacemos con las emanadas de una
ideología particular. En los tiempos que
corren, debemos empeñarnos en discutir
argumentos religiosos, y entonces descubriremos
que la política del villorrio
ateísta no era, en realidad, brillante. En
el espacio público y en la sociedad civil,
los creyentes deberían ser bienvenidos,
y sus argumentos deberían ser tenidos
en consideración como los de cualquier
otra persona».
También en Estados Unidos, el arzobispo
de Denver, monseñor Charles Chaput, afirma que «el hacer leyes implica
inevitablemente que algunos grupos
impongan sus creencias al resto. Ello
pertenece a la naturaleza del proceso
democrático. Si decimos que debemos
hacer algo, estamos haciendo un juicio
moral. Cuando nuestros legisladores
convierten ese juicio en ley, el deber
de alguien se convierte en un tiene que
para toda la sociedad. No es peligroso
inherentemente; es así como funciona el
pluralismo. La democracia depende de
gente de convicciones que expresan sus
puntos de vista, con confianza y
sin embarazo. En este toma y daca,
los creyentes religiosos juegan un
papel vital. No servimos a nuestro
país –de hecho, lo debilitamos intelectualmente
– si hacemos dejación
de nuestros principios o no nos
atrevemos a hablar con convicción
por un erróneo sentido de buena
educación».
Si nada convence del todo...
La perspectiva de no ver reflejadas
todas sus convicciones en
los programas de los partidos más
votados puede llevar a un católico
a la apatía o, cuando menos, a la
desorientación. Para don Eugenio
Nasarre, «los católicos tenemos
que animar la vida de los partidos,
siempre y cuando haya una compatibilidad
entre las exigencias de nuestra
condición de cristianos con lo que propugnan
dichos partidos. A veces se produce
una contradicción insalvable, pero
creo que, entre los partidos políticos de
nuestra sociedad europea, hay algunos
que recogen como uno de sus principios
inspiradores el humanismo cristiano.
Ahí los católicos tienen un lugar para
el ejercicio de su actividad política. A
la hora del voto, la decisión debe ser de
carácter global, teniendo en cuenta el
criterio prudencial de ver los pros y los
contras, valorando todo ello personalmente.
La doctrina social de la Iglesia
nos dice que ninguna opción política
puede satisfacer plenamente los criterios
del cristianismo. Se trata de una decisión
muy personal. En cualquier caso, en una
sociedad pluralista como la nuestra, es
muy importante influir en los programas
y en los proyectos de los partidos políticos.
Yo soy partidario de un diálogo
intenso con ellos, porque su misión
incluye el ser sensibles y acoger las distintas
sensibilidades de la sociedad. En
los países con una vida democrática más
rica, los partidos están muy abiertos a la
sociedad y recogen esa influencia. Ahí
juegan su papel los grupos y corrientes
que están defendiendo los valores cristianos.
cristianos.
¿Cómo ejercer esta influencia?
Hay que organizarse, hay que plantear
a la opinión pública cuestiones y propuestas;
la fuerza de esas propuestas,
sin duda, tendrá su eco en la propia
vida interna de los partidos; y hay que
tener en cuenta qué partidos son los que
acogen con mayor intensidad y claridad
estos valores y estas propuestas».
Doña Gotzone Mora hace una lectura
del Evangelio que se puede aplicar a
esta cuestión, y afirma con claridad que
«Cristo se rodeó de doce personas, quellegaron hasta los últimos lugares del
mundo; si algo ha hecho nuestra fe es
extenderse lo máximo que ha podido.
Por tanto, nosotros tenemos que estar en
los lugares en los que creamos que debemos
estar. Lo que no tiene que ocurrir es
algo que está pasando actualmente: que
católicos en algunos partidos pasen por
alto su fe y hagan prevalecer las ansias
de poder, lo que les dicta el partido, u
otros criterios personales. Si yo soy cristiano,
mi fe es el elemento esencial que
me sustenta como ser humano. Si uno ha
hecho esa elección, debe responder a esa
elección. Por tanto, para mí: católicos
en todos los sitios y en todo el mundo, y
dando con nuestro ejemplo de vida pruebas
de que, de verdad, somos católicos.
Si los programas de los partidos más
votados resultan insatisfactorios, hay
que tomar parte activa e implicarse con
compromiso en la defensa de sus creencias.
No puede ser que, ante proyectos
como la LOE u otras leyes que se están
adoptando últimamente, los que tienen
creencias que están en contra de esas
leyes no lo hagan saber públicamente.
No puede ser que un católico, en estos
momentos en los que se tiende la mano
a una banda terrorista como ETA, no se
implique y no tome partido».
La vía del asociacionismo
El compromiso cristiano no acaba
en los límites de las instituciones de la
Iglesia, su razón de ser lo proyecta a
la vida entera, también en la actividad
política. Cuando uno decide participar
en política motivado por su fe, es cierto
que se pueden generar dificultades. La
Iglesia que no evangeliza deja de ser
Iglesia; y esto también afecta al compromiso
y la implicación de los cristianos en
política, en el voto, en la participación
en las instituciones. Para ello, el católico
puede entrar en política y hacer
valer sus convicciones. Y también hay
otros muchos modos de hacer política:
participar en la manifestación pública,
en las asociaciones, en los medios de
comunicación, en la calle….
Los últimos años han sido prolíficos
en cuanto al nacimiento de numerosas
iniciativas civiles en defensa de
los valores familiares y del respeto a
la vida humana desde su concepción
hasta su muerte. Son multitud las asociaciones
de padres, maestros y diferentes
profesionales que han salido a la
luz preocupados por la deriva que está
tomando la enseñanza en España; también
han surgido muchas plataformas
en Internet enarbolando los mismos
valores. Una de las asociaciones más
destacadas en cuanto a la convocatoria
de las últimas manifestaciones es el
Foro Español de la Familia, que encierra
a muchos de los grupos anteriormente
citados. Su Vicepresidente, don Benigno
Blanco, declara que, «en una sociedad
como la nuestra, la vitalidad social debe
crecer cada vez más, porque las sociedades
son cada vez más plurales y complejas,
en cuanto a las ideologías y a los
valores éticos. Los partidos políticos ya
no tienen la capacidad que tuvieron en
otras épocas de simplificar el conjunto
social en sus formas ideológicas y organizativas.
Todo ello llevará a una mayor
presencia de la sociedad civil, necesariamente.
Parece razonable que los católicos
también utilicen el mundo de las
asociaciones civiles para hacer presentes
sus ideas. En definitiva, el movimiento
asociativo, especialmente el familiar, es
un intento, por parte de todos los que
pensamos de la misma manera acerca
de la familia, de convencer a nuestros
conciudadanos para lograr, por la vía del
convencimiento, llegar a ser una mayoría.
Es un fenómeno que va a ir a más».
Fuente: alfayomega.es | Autor: Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo | Fecha: 12/10/06
Más información:
|