La casilla de la Iglesia
Imagino que a alguna de las
tres o
cuatro lectoras que todavía me soportan, enfrentada a su
formulario de declaración de la renta, le
asaltará el
dilema de si debe colaborar en el sostenimiento de la Iglesia.
Quizá esa lectora hipotética a la que me dirijo
no sea
una católica practicante, quizá la incomoden
algunos
pronunciamientos de las jerarquías eclesiásticas,
quizá la fe que exaltó su infancia se haya
agostado; sin
embargo, le desagrada ese laicismo belicoso que se respira en el
ambiente, se siente a disgusto cada vez que la Iglesia es escarnecida
desde tribunas mediáticas y acosada por quienes desean
resucitar
ese clima de anticlericalismo aciago que infama los peores pasajes de
nuestra Historia. A esas personas que, sin comulgar plenamente con sus
postulados, valoran beneficiosamente el acervo moral que la Iglesia nos
ha transmitido; a esas personas que, desde la distancia con la fe y la
práctica católicas, consideran beneficiosa la
aportación de la Iglesia al debate de las ideas y su defensa
coherente de unos principios humanistas en medio de una sociedad que
galopa desbocadamente hacia la deshumanización van dirigidas
estas líneas.
¿Se han detenido a considerar cómo
sería nuestra
sociedad sin la aportación de la Iglesia? Thomas Mann nos
recordaba que el cristianismo constituía un enriquecimiento
sin
parangón de lo «específicamente
humano», un
poder moralizador del que el hombre occidental nunca debería
desprenderse, salvo que ansiara su destrucción. Pero,
además de este infinito caudal de conquistas morales y
culturales que el cristianismo nos ha legado (un caudal que
sólo
los muy resentidos o los muy obtusos se atreverán a negar),
conviene destacar la ímproba misión que la
Iglesia ha
asumido en una época como la nuestra, en que los viejos
errores
(los errores que conducen al hombre a su autodestrucción) se
presentan como modas novedosas y atractivas. Justo ahora, en una
época de incertidumbres, en que los fundamentos
éticos de
nuestra convivencia se han reducido a escombros, la Iglesia ofrece a
nuestra sociedad un valioso baluarte de coherencia, de
incómoda
coherencia si se quiere; pero el mero hecho de defender posturas
incómodas cuando lo más sencillo sería
dejarse
arrastrar por la marea del relativismo rampante demuestra el valor
primordial e insustituible de la Iglesia. Sumemos a esta
condición de baluarte inexpugnable la ayuda espiritual que
brinda a millones de personas, sumemos su ingente labor asistencial,
caritativa, educadora, humanizadora en definitiva; y llegaremos a la
conclusión de que la Iglesia es un precioso bien
común
que debemos preservar.
Una forma de reconocer esta aportación ingente de la Iglesia
a
lo «específicamente humano» es colaborar
en su
sostenimiento económico. Al marcar la casilla de la Iglesia
en
nuestra declaración de la renta, estamos favoreciendo que
esa
voz a veces enojosa, a menudo discrepante de las modas, siempre leal a
unos principios que se cifran en el mensaje eternamente novedoso del
Galileo siga escuchándose. Decía Chesterton que
la
Iglesia ofrece a los hombres una muralla de apariencia disuasoria,
erizada de abnegaciones y sacrificios; pero una vez salvada esa
muralla, el hombre se topa con un prado de libertad en el que pude
retozar feliz como un niño. Los enemigos de la Iglesia, en
cambio, nos ofrecen una alternativa de apariencia más golosa
y
encantadora; pero en su meollo se retuercen las serpientes de la
angustia. Al marcar la casilla de la Iglesia en nuestra
declaración de la renta, no hacemos sino reconocer de
dónde venimos y hacia dónde vamos; no hacemos
sino
cultivar ese prado donde aún podemos retozar en libertad.
Quienes prefieren que sigamos extraviados y confusos,
contemplarían con regocijo que no marcáramos esa
casilla.
Fuente: abc.es
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Autor: Juan Manuel de Prada | Fecha:
29/04/06
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