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Intelectuales en la sociedad: El peligro de los cantos de sirena

Hace unos meses, el escritor Alberto Vázquez Figueroa afirmaba, en una entrevista, que «la cultura contemporánea ha sido secuestrada por la izquierda». Este análisis, válido para Occidente, no puede ser más adecuado para describir el panorama cultural también en nuestro país.

En España, la etiqueta intelectual ha pasado a ser una medalla en la pechera de personas como Ramoncín, o los actores del No a la guerra. Parece como si, para ser un protagonista cultural de renombre, bastase con soltar algunos eslóganes progres y mostrar una postura contestataria hacia la derecha política y sociológica. En resumen: la condición necesaria para que le consideren a uno intelectual es gritar mucho y ser de izquierdas.

En la laicísima Francia, cuna de autores emblema de la progresía europea, herederos del espíritu deconstructor de la Ilustración francesa, la situación es distinta. Hace treinta años saltaron a la fama los llamados nuevos filósofos, autores tan conocidos hoy como Bernard-Henri Levy o André Glucksmann, herederos de la revolución de 1968 y del Sartre más ideológico, el que se manifestaba junto a los obreros a las puertas de las fábricas. En un principio, coquetearon con el marxismo y con el maoísmo, pero los casos de los disidentes soviéticos Yuri Orlov y Alexander Soljenitzin supusieron para ellos un viraje en su pensamiento y en su obra, hasta el punto de llegar a manifestarse delante de la embajada de la antigua URSS en pro de los derechos humanos. El desconcierto y la desubicación de comunistas y socialistas, tras la caída del Muro de Berlín, ha afianzado aún más las tesis de aquellos que coquetearon en su juventud con la izquierda. Los nuevos filósofos franceses abandonaron hace tiempo la lucha de clases y se desmarcaron del compromiso político con la izquierda.

Recientemente, André Glucksmann, otrora icono marxista, calificó el último congreso de los socialistas franceses de ser «un anacrónico libro de recetas culinarias. La crisis que padecen es profunda: un coma intelectual, un cero conceptual». Evidentemente, sería ventajista señalar sólo dos casos de una trayectoria intelectual desilusionada con la izquierda, pero no deja de ser curioso que sean los dos filósofos franceses más reconocidos hoy –sus libros son éxito de ventas, y su presencia mediática es pronunciada– en Francia y en toda Europa. Cuando menos, son el exponente de una clara búsqueda intelectual.
En Italia ha sucedido algo parecido con pensadores como Gianni Vattimo. Omnipresente en los foros de análisis social, es entrevistado periódicamente en los diarios de más tirada de toda Europa. A él se le debe la expresión pensamiento débil para definir la forma de conducirse de la sociedad actual. Se ha declarado en muchas ocasiones deudor, en sus reflexiones, de Heidegger y Nietzsche, y políticamente partió de posiciones de extrema izquierda, llegando a militar en el Partido Radical italiano. Hoy lanza frases como: «La izquierda pierde el alma cuando llega al poder», y escribe libros como El futuro de la religión, en el que muestra su interés por el cristianismo, así como la necesidad de recuperar valores que son herencia de la tradición religiosa de Occidente.

En Alemania, es reseñable el caso del filósofo Jürgen Habermas, vinculado en sus inicios a la Escuela de Frankfurt, empeñada en la actualización e interpretación del marxismo en la sociedad moderna. En enero de 2004, mantuvo un diálogo con el cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, sobre los Fundamentos morales prepolíticos del Estado liberal; entre líneas, se pudo leer un fecundo diálogo sobre las relaciones entre razón y fe.

Pensadores europeos de relieve, como los antes citados, no han dudado en desmarcarse de posturas políticas de izquierda, en una actitud que revela no una ausencia de compromiso, sino el deseo de preservar su independencia para poder ejercer sin limitaciones la capacidad de razonar. En España, sin embargo, no parecemos haber superado el complejo de que un intelectual debe tener siempre –y, si no es así, se le atribuye– una postura política. Asimismo, se produce un fenómeno curioso: parece como si para ser más intelectual hubiese que ser de izquierdas; y parece que unir la palabra intelectual y la expresión de derechas fuese intentar la cuadratura del círculo. Mientras tanto, la cultura institucional es presa de una continua ideologización. La escritora Rosa Regás afirmó recientemente que la Biblioteca Nacional, de la que ella es Directora, es «un postulado de izquierdas, no de derechas», para después declarar, sin sonrojo, que «el patrimonio cultural debe ser de todos los ciudadanos, sin exclusiones». Las subvenciones para la realización de películas y los Premios de cine que se conceden cada año van a parar casi siempre a manos de los mismos, a la misma forma de pensar. Ahondando más en este panorama, el paisaje de los medios de comunicación en nuestro país se escora cada vez más hacia actitudes mal llamadas progresistas.

¿Los intelectuales hablan sobre lo que piensa la gente de la calle, o la gente de la calle habla de lo que piensan los intelectuales? Plantear esta pregunta es como preguntar qué va primero: el huevo o la gallina. Lo cierto es que la teoría de la comunicación en dos pasos pone en evidencia que, en realidad, no existen los hechos, sino interpretaciones. Y también que aquello de lo que no existe interpretación –es decir, que no aparece en los medios–, en realidad no existe. Historiadores, escritores, cineastas… parecen deudores de una determinada forma de ver la vida, en la que se pierde de vista el más elemental respeto por la vida y el asombro por el mundo. Debido a todo ello, el panorama cultural en nuestro país se está desdibujando cada vez más; la televisión ofrece contenidos a cual más chabacano; los libros más vendidos no tienen ya contenidos edificantes, ni valores universales; la gente se cree las mentiras del best-seller de turno –un ejemplo: el Código Da Vinci–; y los análisis más serios no van más allá de unas pocas páginas en el suplemento que se lee una tarde de domingo…

Anticatolicismo: visión política

Esta acentuación del pensamiento único en nuestro país viene acompañada de una no menos acentuada aversión a todo lo que suene a cristianismo, sin que otras religiones como el Islam se vean afectadas. Se propaga una difusa espiritualidad de carácter individual, tanto más valorada cuanto más crítica se muestra con la Iglesia oficial. Recientemente, el escritor Javier Marías hacía un análisis sobre España en Le Nouvel Observateur, afirmando que «muchos miembros del Partido Popular y algunos periodistas parecen obstinados en conducir a la gente a una nueva guerra civil. Como la Iglesia, con su cadena de radio COPE, que hace pensar en las estaciones de radio serbias y ruandesas justo antes de las guerras». Esta obsesión guerracivilista por resucitar el nosotros y el ellos, de quienes, curiosa y significativamente, se la endosan a los que no piensan como ellos, constituye una involución y un impedimento para construir España. Una visión cada vez más extendida entiende este ellos como un totum revolutum que incluye la derecha, la Iglesia, el fascismo, la dictadura…, todo en el mismo lote.
A la poca presencia mediática de intelectuales católicos también ha contribuido no poco el complejo, o la reticencia, de no pocos creyentes a mostrar las propias convicciones en público, como si ser católico fuera algo que ocultar en la sacristía privada de la conciencia. No es de extrañar, por ello, que los intelectuales españoles católicos no tengan la prensa que tienen otros. Según el filósofo Richard Rorty, «el anticlericalismo es una visión política, es la idea de que las instituciones eclesiales son peligrosas para la salud de la sociedad, y que lo mejor sería hacerlas desaparecer». 

Con todo, no deja de ser curioso que pase desapercibido en los análisis sociales el hecho de que la secularización se haya visto acompañada de una creciente desestabilización de la sociedad, debido a la pérdida de valores, un fenómeno cada vez más extendido en Occidente. El filósofo italiano Giovanni Reale ha escrito: «Existe un inmovilismo absoluto. La situación es dramática y evidencia el nihilismo y el relativismo hoy imperantes. Cuando Nietzsche decía: Dios ha muerto, hacía referencia a la esfera de los valores, y predecía una época de vacío». Es la época en la que parecemos estar inmersos hoy.
En esta añoranza por los principios perdidos languidece nuestro país y todo Occidente. No puede ser más idónea la frase de Umberto Eco acerca del papel de los intelectuales en la sociedad: «El intelectual no es un grillo parlante que deba pronunciarse sobre todo; también tiene la obligación de callar, sobre todo acerca de las cosas que no sabe». Pero también cabe aquí apelar a la responsabilidad de los católicos a la hora de reflejar su fe en el mundo. Juan Pablo II ya escribió que «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»..

Fuente: alfayomega.es  |  Autor: Juan Luis Vázquez  |  Fecha: 07/05/06

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