Padre y madre
Se van a sustituir en las
inscripciones del Registro Civil los sustantivos
«padre» y «madre» por un
eufemismo que elimine la naturaleza dual de la filiación.
Algunos pardillos han pensado que esta reforma semántica es
una mera concesión grotesca a la corrección
política. Sin embargo, se oculta detrás de ella
una implacable operación de ingeniería social.
Los ideólogos de género pretenden que entre
hombres y mujeres sólo existe una banal diferencia
fisiológica (subsanable, por lo demás, en el
quirófano); y que, por tanto, cualquier otra peculiaridad
psicológica o afectiva es un mero producto cultural que
conviene erradicar. Así, sostienen que cada cual puede
elegir sus preferencias sexuales, que de este modo ya no
serían una inclinación inscrita en los genes,
sino una mera opción que cada persona puede inventar,
modelar, rectificar e intercambiar a su antojo. Las diferencias entre
los dos sexos se convierten en convenciones elaboradas por una cultura
represora contra la que cualquier persona puede -y debe- rebelarse,
adscribiéndose al «género»
que le pete: heterosexual, homosexual, bisexual o cualquier otra
variante que se le pase por el caletre.
No se requiere una inteligencia privilegiada para intuir la
operación de ingeniería social que se oculta
detrás de tan estrafalario derecho a
«inventarse» a uno mismo. Feminidad y masculinidad
se convierten en entidades automáticamente perseguibles. Se
niega la existencia del instinto materno; también, por
supuesto, la posibilidad de que los afectos que un padre y una madre
entablan con sus hijos sean diversos. La familia tradicional se
convierte ipso facto en una forma de organización social
obsoleta, de un estatismo indeseable; las relaciones naturales surgidas
en su seno, entre las que la filiación ocupa un lugar
primordial, deben ser combatidas. Y es que la filiación no
se elige: presupone un padre y una madre que no son aleatorios, sino
establecidos por un acto procreador. Padre y madre son expresiones
inequívocas de la realidad dual del ser humano; dualidad que
la ideología de género aspira a destruir. Para
ello, se presenta en primer lugar el matrimonio como una
unión de carácter puramente contractual,
configurable, modificable y rescindible a gusto de los
cónyuges (que ya no habrán de ser nunca
más marido y mujer). Los ideólogos de
género saben que la familia con padre y madre infunde a los
hijos la noción -tan natural, por lo demás- de
que hombres y mujeres somos diferentes; para borrar esta
noción del disco duro de las nuevas generaciones, la
ideología de género ha habilitado un sofisma tan
burdo como eufónico: «Diferencia significa
desigualdad». Al anular las diferencias -nos venden-, al
evitar que padres y madres se comporten como tales, instauraremos una
idílica sociedad igualitaria.
Desde el momento en que la multiforme inclinación sexual del
individuo se antepone sobre su dualidad biológica, ya no
tiene demasiado sentido sostener la división entre hombres y
mujeres, mucho menos entre padres y madres. Seamos todos progenitores
(A y B y C y D y los que hagan falta), fundidos en la amalgama
diseñada por la ideología de género,
que no pretende -aunque así lo pregone, para disfrazar sus
fines aberrantes- la promoción de la mujer, sino la
anulación de lo femenino y lo masculino como expresiones de
la naturaleza humana. Esta desnaturalización comienza a
consagrarse a través del lenguaje, mediante el cual se
designa y se conforma, se moldea y manipula la realidad. De
ahí estas reformas semánticas, que algunos ilusos
despachan con chascarrillos, pensando que sólo obedecen a un
ridículo prurito de corrección
política. Pero no, queridos pardillos: son el primer paso
para indiferenciar a los seres humanos, para sovietizar y uniformizar
los afectos, para otorgar carta de naturaleza a la anomalía,
sobre la que esperan construir su nuevo «mundo
feliz».
Fuente: abc.es
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Autor: Juan Manuel de Prada | Fecha: 06/03/06
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