Entrevista al cardenal Rouco Varela en la
presentación de su libro "España y la
Iglesia Católica"
Esta
mañana, en la Casa de América, se ha presentado a
los medios de Comunicación el libro del arzobispo de Madrid,
cardenal Antonio María Rouco Varela, “España y la Iglesia
Católica”, editado por Planeta
Testimonio. Ofrecemos la entrevista institucional elaborada por la
Oficina de Información del Arzobispado de Madrid, que, con
motivo de la presentación del libro, se ha entregado a los
medios de comunicación asistentes a la rueda de prensa.
¿Cuál
ha sido el motivo de la publicación de este libro?
Los problemas relacionados con la concepción
histórica de España, con la forma de abordar el
presente y las perspectivas de futuro, -no sólo con lo que
pueden llamarse “aspectos secundarios” del
ordenamiento político del Estado-, tienen que ver con la
existencia misma de España. Tienen que ver con un mundo de
valores, de convicciones, de ideas morales, éticas y
espirituales que la han sustentado a lo largo de los siglos. De nuevo
se plantea el problema de España, no digo yo en
términos iguales a como se hizo hace un siglo,
después de la gran crisis producida por la derrota en la
guerra de Cuba y la pérdida de las últimas
posesiones españolas en ultramar, pero no de forma menos
honda, y menos profunda, y menos importante que entonces.
¿Cuáles
son las bases de la contribución de la fe cristiana a la
conformación de la identidad de España?
Respecto a la Historia de España, hay una línea
historiográfica relevante que siempre ha afirmado que la
voluntad de compartir los aspectos más fundamentales de la
vida (y por supuesto los que tienen que ver con el sentido y la
razón del Estado), que son los de garantizar una comunidad
humana, la posibilidad de la realización de la justicia en
clave de bien común y de respeto a la dignidad de la persona
humana, va estrechamente unida, en España, a la historia de
la predicación del Evangelio y de la implantación
de la Iglesia católica desde los primeros tiempos del
cristianismo. Es evidente que históricamente ha sido
así. Incluso se podría afirmar que no
sólo para esa línea historiográfica.
Hay una coincidencia general en los maestros de la Historia, con
diversos matices, dado que unos la interpretan de forma positiva y
otros de forma más crítica, acerca de la
contribución decisiva de lo católico y del
catolicismo en la configuración histórica de
España y, también, de su presente. Yo creo que
así debe ser también para su futuro. La tesis
principal, que en su versión más profunda conecta
el devenir histórico de España con la Iglesia
católica, ofrece una visión de lo que ha sido
España de una enorme riqueza, y de un eminente significado
para la Historia Universal. El descubrimiento y la
evangelización del Nuevo Mundo -América-
constituyen uno de sus datos más esenciales.
Podría citar a uno de los grandes intérpretes, no
especialista en historia pero uno de sus buenos conocedores y
de extraordinaria capacidad de reflexión
filosófica sobre la Historia, don José Ortega y
Gasset. Y, también, a uno de sus grandes
discípulos, don Julián Marías, que nos
ha hecho entender que el cristianismo es constitutivo para
España y cómo, en los momentos de mayor crisis,
el de la invasión musulmana, la conciencia de que se pierde
España y de que hay que recuperar España, va a
dominar toda la Edad Media española. Esa conciencia
contribuirá a la modelación de la primera forma
de Estado nacional y de Estado moderno, en la España de
finales del siglo XV, muy por delante de cualquier otro país
o nación de Europa. Don Julián Marías
se atreve a decir que España es el primer Estado europeo que
pone en marcha una política mundial. Este hecho produce las
reacciones conocidas, también las versiones negativas sobre
aquellos siglos conocidos como Siglos de Oro (XVI-XVII): la leyenda
negra, la teoría de las dos Españas…
Habría que añadir, además, que la
Iglesia aporta a esa historia de España, desde el punto de
vista de su influencia universal, pensamiento, ciencia, figuras de un
protagonismo singular… Hay que ver a los personajes de la
Historia de España de mayor valor universal, y de un
significado indiscutible y además probado por los siglos,
especialmente, en estos Siglos de Oro español, para
comprobarlo. La contribución de la Escuela de
Teología de Salamanca al desarrollo de la Ciencia del
Derecho, a la teoría del Estado, al derecho internacional, a
los derechos humanos ha sido decisiva. Cualquiera puede comprobarlo
visualmente si conoce la sala de sesiones del edificio de las Sociedad
de las Naciones en Ginebra. En el terreno de la mística, de
la teología y de la experiencia espiritual, tenemos nombres
como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Juan
de la Cruz, sin los cuales es impensable la historia espiritual y
literaria del mundo.
Hay una
historia paralela, que es la que se determina en las relaciones entre
Iglesia y Estado, ¿sobre qué principios se
articula esta relación?
Varios de los capítulos del libro aportan luz sobre la
relación entre Iglesia-Estado y su configuración
jurídica, vista desde la realidad de una Iglesia cuya fe y
cuya visión del mundo, religiosidad y moral, empapan la vida
y la sociedad española. La Iglesia y el Estado son dos
realidades distintas, entre ambas está la sociedad. Ambas
realidades sirven a la persona, al mismo ciudadano, y a ese ciudadano,
que vive en el contexto de una sociedad determinada, de una
nación bien configurada. Se puede producir la
tentación para el Estado de querer intervenir en la vida de
la Iglesia, al considerar que ella es influyente. El Estado puede
pretender dominarla desde las estructuras y las instituciones con las
que gobierna. También se puede producir el peligro para la
Iglesia de querer intervenir más allá de su
misión, en los asuntos del Estado.
Históricamente, y de una forma regular, las
relaciones han sido muy estrechas; España fue un Estado
confesional hasta la Constitución del año 1978, a
excepción de los años de la Primera y de la
Segunda República. En la Constitución
más liberal de Europa, la de 1812, se definía a
España como un Estado confesional, con una plenitud y una
rotundidad que a cualquier analista del presente le llamaría
la atención. Toda la problemática del Estado
confesional ha dominado, de algún modo, la historia de las
relaciones Iglesia-Estado. El camino de un reconocimiento
básico de la situación de la Iglesia a partir del
derecho a la libertad religiosa y del peso real que tienen la Iglesia
en España, abierto por la Constitución de 1978 y
por los Acuerdos con la Santa Sede de 1979, supone un periodo
cualitativamente distinto y nuevo en la Historia de las relaciones
entre Iglesia y Estado.
En su libro
ofrece un último e inédito capítulo
sobre la categoría del laicismo, ¿en
qué medida es operante, cuál es la forma de la
operatividad de esa categoría en el presente?
Se ha vuelto a desempolvar la categoría del laicismo como
categoría inspiradora de la concepción del Estado
y, de forma muy directa, en las relaciones Iglesia-Estado.
Está ocurriendo en un momento histórico en el que
podría suponerse que la experiencia de laicismo puro, tal
como nace y se desarrolla en la Francia del siglo XIX, y
después como se realiza de forma avasalladora y
absolutamente radical en la Unión Soviética, en
la Alemania nacionalsocialista antes de 1945 y en los países
comunistas después de la II Guerra Mundial, estaba
desacreditado a fondo. El laicismo no tenía en cuenta que
iba en contra de la forma y el modo de la necesaria
recuperación de la dignidad de la persona humana y de sus
derechos fundamentales ante los gravísimos problemas a los
que se había enfrentado el mundo. Un mundo en gran medida
guiado y dirigido por países y sociedades de
raíces y estructura cristiana. También, se
había llegado a un claro reconocimiento del principio del
derecho de libertad religiosa, como estructurador del Estado, que
supera y elimina los radicalismos laicistas y abre un camino fecundo
entre las relaciones Iglesia y comunidad política, como
pasó en España en 1978.
Llama la atención ahora que en el campo doctrinal, en el
campo de la teoría política, en las declaraciones
y en algunas formas de actuación legislativa por parte del
Estado en España, alguien quiera volver a recuperar esa
vieja categoría política que la Historia ha
demostrado, más que suficientemente, como nociva para las
relaciones Iglesia y Estado y, sobre todo, para una buena
concepción ética y moral de la comunidad
política.
Estamos en un
período en que algunos hablan de una nueva arquitectura
constitucional, una nueva forma de articulación territorial
de España ¿cuál es la
contribución de la Iglesia en este momento
histórico?
La discusión constitucional no está abierta,
formalmente hablando, en cuanto a la Constitución en su
conjunto. Se dice que no se quiere poner en cuestión la
Constitución; se habla sólo de
pequeñas reformas. La posición oficial del
Gobierno se centra en puntos de no gran significado moral y
ético para el presente y el futuro de la sociedad. Por lo
que respecta al marco formal de la discusión constitucional
parece pues que no se quiera ir más allá. Otra
cosa es que la realidad de los hechos y la política
relacionada con la revisión de los estatutos roce con la
vigencia de aspectos esenciales de la Constitución
española y signifique la preparación de un
instrumentario para su aplicación en las distintas
comunidades autónomas de España que afecte a su
realidad misma, sobre todo en la parte fundamental de los derechos de
la persona, por ejemplo: en lo referente al derecho a la vida, a la
libertad religiosa, a la libertad de enseñanza y a las
instituciones básicas del matrimonio y de la familia. En
este sentido, la misión de la Iglesia, sobre todo la de los
pastores de la Iglesia, es llamar la atención sobre esa
problemática. No hay que reducir el significado moral y
ético, ni relativizar lo que se prescribe en la
regularización de los derechos fundamentales en la
Constitución española. Hay que decir que eso no
debe de suceder por la vía del instrumento
jurídico de los estatutos de las Comunidades
Autónomas. Y luego está también el
valor de la solidaridad, del bien común y de la
participación en ese bien común por parte de
todos los ciudadanos en cualquier parte de España, sin
discriminación alguna y sin fraccionarlo en ninguno de los
aspectos sociales, económicos, políticos,
jurídicos y culturales que lo constituyen; dando a la
palabra “cultura” todo el amplio significado que
encierra en el pensamiento actual. En una palabra, está el
valor de la unidad de España.
Fuente: revistaecclesia.com
| Fecha:
01/06/06
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