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Persecución religiosa y guerra civil: la Iglesia en Madrid, 1936-1939 (Ed. Esfera de los libros)

Cuando en el año 1977 el Gobierno de la Monarquía recién reinstaurada en España hizo promulgar por las Cortes una Ley de Amnistía aplicable a todos los delitos cometidos con anterioridad a una fecha determinada, la Iglesia recuperó una libertad que, si bien nunca la había perdido jurídicamente, no puede ponerse en duda, sin embargo, que hasta entonces la tenía moralmente hipotecada. La verdad es que, de acuerdo con la legislación vigente entonces, todos los delitos prescribían, como mucho, a los treinta años de su comisión, por lo que, habiendo concluido en 1939 la guerra civil, ya a partir de 1969 no se podía castigar penalmente ningún acto, por grave que fuera, que hubiera sido cometido durante la misma.

Por ello, la amnistía promulgada sobre estos hechos fue más simbólica que eficaz, aunque no así sobre otros delitos posteriores a la persecución religiosa; de modo que, a partir de entonces, no podía ya caber la menor sospecha de que, al investigar la realidad histórica de lo que fue la persecución a la que estuvieron sometidos tantos de los miembros de la Iglesia, de su laicado y de su jerarquía, en las distintas zonas de España -y, entre ellas, en la antigua diócesis de Madrid- Alcalá- que se mantuvieron leales al Gobierno del Frente Popular durante la guerra -y bajo la situación de verdadera y propia anarquía que allí se vivió-, la Iglesia pudiera tener otra finalidad encubierta distinta de la de querer honrar como a verdaderos mártires de la fe a quienes, efectivamente, lo hubieran sido durante aquel período.

Nada tiene que ver esta investigación histórica, hecha desde dentro de la Iglesia, sobre aquellos hechos, por una parte aciagos, y gloriosos por otra, con un intento inconfesable y bastardo de venganza o de revancha. Es indiscutible que, si hubo persecución, necesariamente tuvo que haber perseguidores; si hubo asesinatos, tuvo que haber asesinos, pero es esta una historia de víctimas, en la que, sólo de paso, y para montar el relato imprescindible de los hechos, se hace mención de los verdugos.

No nos interesa tanto, así, la identificación de los culpables de los hechos, ni buscamos la persecución ni, mucho menos, el castigo -ni aun impuesto con todas las garantías judiciales y procesales, en el mejor de los casos- de los culpables que hubiera (muchos de ellos, aunque no todos, ya fallecidos; y, tantos, no sólo perdonados en el momento de su muerte por sus propias víctimas, sino incluso reconciliados después, aun sacramentalmente, con la Iglesia) -e, indiscutiblemente, todos ellos amnistiados en España a partir del año 1977-: buscamos tan sólo hacerles justicia a las víctimas, mediante el reconocimiento de su heroicidad en la muerte y el martirio.

Contrasta así, como no puede ser menos, nuestro planteamiento con el que se admite como ampliamente difundido en nuestra civilización y nuestra cultura actual, cuando de enjuiciar hechos en sí semejantes se trata, aunque su cariz sea distinto tan sólo en lo que a lo político se refiere, y que, cronológicamente, fueron casi inmediatamente sucesivos a la persecución de la Iglesia católica en España. En enero del año 2000 se celebraba en Estocolmo una Conferencia Internacional sobre el Holocausto del Pueblo Judío bajo el III Reich alemán, y en la referencia publicada por la prensa sobre el acto de su clausura se informaba sobre el documento aprobado por la unanimidad de los representantes de los cuarenta y siete estados que asistieron, que además del compromiso inicial de no olvidar jamás los horrores del Holocausto y aumentar la comprensión colectiva, lanza un desafío a la civilización, para que nunca olvide ese deleznable crimen contra la Humanidad, «planeado y ejecutado por los nazis».

Admitiendo, como no puede ser menos, que el hecho de cualquier asesinato, singular o masivo, es un «deleznable crimen contra la Humanidad», resulta evidente el carácter discriminatorio del planteamiento, cuando nunca se puede olvidar el delito si fue planeado y ejecutado por los nazis y, en cambio, sea socialmente sepultado en el olvido cuando fue ejecutado por otro poder de signo políticamente opuesto; que no pueda ser olvidado si el motivo del asesinato masivo fue que las víctimas pertenecían a la raza judía, y deba ser tratado con mayor indulgencia, olvidado y justificado -si no puede negarse el hecho, por mucho que se intente-, en cambio, si la motivación de su muerte violenta fue que profesaban públicamente la religión católica.

Dicho con palabras del papa Juan Pablo II -que se refería directamente a las víctimas inocentes inmoladas por el nazismo-, nosotros también deseamos recordar. Pero deseamos recordar con un objetivo, específicamente: con el de garantizar que la maldad jamás prevalecerá de nuevo, como lo hizo en el caso de los millones de víctimas inocentes.

Si bien es cierto que la Iglesia, con su proverbial ponderación y prudencia, resistió durante muchos años a las presiones de quienes llegaron a pedir una canonización en masa de las víctimas de la persecución religiosa, no es menos cierto que sería injusto prolongar indefinidamente esta situación. Y tanto más injusto sería si no se tratara, únicamente, de dejar ahora en el olvido unos hechos documentados, históricamente ciertos y reales, que, a la espera del definitivo pronunciamiento oficial de la suprema jerarquía de la Iglesia sobre ellos, a muchos, desde la fe y la vida cristiana, podrán parecernos ejemplares y heroicos; sino que si desde la misma Iglesia calláramos, ocultando, ignorando -o, peor aún, negando- los resultados de una investigación objetivamente histórica sobre los mismos, nos haríamos cómplices en la tergiversación de la verdad histórica, por los tópicos de lo que, ahora, podríamos llamar la «historiografía de los derrotados»: se hace preciso estudiar la historia, prefiriendo los datos objetivos antes que las opiniones subjetivas que se puedan haber creado interesadamente en un momento cronológicamente posterior. Y ésta es una labor que, por lo que se refiere a la tragedia histórica padecida por España entre los años 1936 a 1939 (con todos sus antecedentes, sin los que no sería comprensible, y con todas sus consecuencias posteriores, que sin ellas no serían explicables), está, en gran parte, por empezar a desbrozarse.

No parece, pues, que sea coherente con una mediana objetividad histórica la actitud de quienes, aun ahora, siguen manifestando que fueron muchos los responsables de la tensión creciente que desembocó en la guerra de los tres años. Pero si entre tantos culpables recordamos ahora la responsabilidad específica de la Iglesia española es porque los sucesivas [sic] lotes de beatificaciones de los supuestos mártires de la Guerra Civil proclamadas por Juan Pablo II [...] se apartan de la generosa actitud de este Papa pidiendo perdón por tantos y tantos errores cometidos por la Iglesia católica en el pasado, y también se oponen al esfuerzo que desde todos los sectores debería hacerse para reconocer las propias culpas, en vez de sólo acusar a los demás.

Quizá nos resulte gratuita la acusación formulada por este autor de «sólo acusar a los demás», cuando de ninguno de los procesos canónicos ya culminados ha surgido hasta ahora ni una sola acusación penal contra ninguno de los inevitables -y conocidos- causantes de las muertes martiriales (algunos de los cuales, a su avanzada edad, siguen conviviendo entre nosotros); ni ha trascendido noticia alguna de que de alguno de los procesos de canonización en tramitación actual se derive ninguna acusación semejante; ni, desde luego, de este estudio se puede deducir acusación de ningún género a partir de ninguno de los casos que estudiamos. Sí nos resulta peregrina, en cambio, su pretensión de que, para mantenerse en la actitud, sin duda alguna generosa, mantenida por el Papa, sea necesario renegar de la verdad de la historia y de los hechos.

Fue al ir a cumplirse los cincuenta años del comienzo de la guerra civil española cuando la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal publicó una Instrucción Pastoral, en la que, entre otros extremos, se leía que la misión pacificadora de la Iglesia nos mueve a decir una palabra de paz con ocasión de este aniversario. Tanto más cuanto que las motivaciones religiosas estuvieron presentes en la división y enfrentamiento de los españoles.

No sería bueno que la guerra civil se convirtiera en un asunto del que no se pueda hablar con libertad y objetividad. Los españoles necesitamos saber con serenidad lo que verdaderamente ocurrió en aquellos años de amargo recuerdo. Los estudiosos de la historia y de la sociedad tienen que ayudarnos a conocer la verdad entera acerca de los precedentes, las causas, los contenidos y las consecuencias de aquel enfrentamiento. Este conocimiento de la realidad es condición indispensable para que podamos superarla de verdad. Por ello hay que desautorizar los intentos de desfigurar aquellos hechos, omitiendo o aumentando cualquiera de sus elementos en favor de una posición determinada o en contra de personas, ideologías o instituciones.

Y esta actitud de búsqueda de la mayor objetividad en el recuerdo de la historia no es exclusiva de la jerarquía de la Iglesia. Han pasado ya los tiempos en que referirse a la guerra civil era reabrir heridas dolorosas. Es el momento de conocer la historia, y para ello los testimonios de los contemporáneos del acontecimiento son muy útiles.

Y, por si acaso hubiere alguna sospecha del carácter más o menos interesado que pudiera tener en sus manifestaciones ahora alguno de los testigos supervivientes, no podemos olvidar el gran valor que para el estudio de la historia tienen, como el mejor de los contemporáneos, los documentos que han podido ser hallados: estando abiertos siempre por nuestra parte, eso sí, a modificar nuestras conclusiones en el caso de que se llegara a encontrar una documentación aún más completa. (…) 

Fuente: esferalibros.com  |  Autor: José Francisco Guijarro  |  Fecha:  28/05/06

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