El año que vivimos peligrosamente
El recorrido
del año que termina ha sido algo así como una carretera
de montaña para la Iglesia, en España y en el mundo. En
el ámbito mundial, ha sido el año de los dos Papas; en el
español, el de la más dura confrontación social y
cultural de la Iglesia con un Gobierno desde la transición
democrática.
Y en medio de todo esto, el desafío
de siempre, si cabe aún más agudizado: presentar la
belleza y la verdad de la vida cristiana a un mundo afligido por las
amenazas del terrorismo y dominado culturalmente por un relativismo que
seca las mejores fuentes intelectuales y morales.
El año de los dos Papas
El año de la gran despedida de Juan Pablo II, honrado por los
grandes de este mundo y aclamado como santo por su pueblo, por esos
millones de fieles sencillos llegados a Roma de los cuatro rincones de
la Tierra para agradecer al buen pastor su indescriptible servicio, sus
27 años de entrega infatigable a la causa del Evangelio. Ahora
que celebramos el 40º aniversario del Concilio Vaticano II y
disponemos de una perspectiva de juicio más serena, bien puede
decirse que, tras el heroico servicio de Pablo VI, ha sido el gran
pontificado de Wojtyla el que ha permitido, gracias a su coraje
personal, a su libertad y a su inteligencia pastoral, que comenzaran a
verse los frutos que aquel gran acontecimiento permitía esperar:
la conciencia de pueblo cristiano, visible en los movimientos y nuevas
comunidades; una nueva relevancia de la Iglesia en el escenario
internacional; una sorprendente capacidad de hablar a las
jóvenes generaciones nacidas tras el vendaval del 68, la
propuesta de la cultura de la vida y la concertación de las
grandes religiones por la paz.
Juan Pablo II.No es el momento de trazar aquí un balance, ni
siquiera aproximado, del Papa que llegó del Este, pero digamos,
con las palabras del cardenal Ratzinger en su funeral, que dejó
una Iglesia más libre, más joven y más fuerte.
Por supuesto, eso no significa que hayan desaparecido los problemas
para la misión de la Iglesia; más aún: algunos de
ellos, por lo que se refiere a Occidente, se han agravado notablemente.
Durante las congregaciones de los cardenales previas al
Cónclave, la sombra punzante de esta preocupación
presidió los debates que debían alumbrar el perfil del
hombre llamado a heredar las llaves del Reino. Si Juan Pablo II
había supuesto un poderoso revulsivo para una Iglesia fatigada y
acomplejada, ahora era preciso afrontar el desafío del nihilismo
occidental, la distancia sideral de grandes franjas sociales respecto
de la enseñanza y la vida de la Iglesia. Era necesario, pues, un
hombre capaz de realizar el diagnóstico en toda su crudeza y de
no palidecer ante su gravedad; por otra parte, el elegido debía
custodiar la gran herencia del pontificado, pero no como quien guarda
un perfume en un frasco sino como el trabajador de la viña que
sabe sacar el mayor fruto a la semilla sembrada.
Se buscaba un hombre cuyo perfil humano, intelectual y pastoral
permitiera mantener la vibración del pueblo congregado por
Wojtyla, pero que al mismo tiempo supiese hablar con desparpajo a un
mundo al tiempo débil y engreído, tan frenético
como desesperado, tan escéptico como sediento de respuestas. No
es fantasioso imaginar que, día tras día, las miradas se
iban concentrando en el Cardenal Decano, y que éste sintiera de
manera creciente que "la guillotina se aproximaba" a su cuello.
El Papa de San Benito
Desde sus primeras intervenciones se hizo claro que Benedicto XVI no
quería detallar un programa ni establecer una estrategia, sino
anunciar, explicar y testimoniar la fe como la propuesta más
conveniente para el hombre. Su abundante predicación respira una
belleza esencial y una deliciosa transparencia del Evangelio:
así, sus primeras homilías nos hablaron de la amistad de
Cristo (que no quita nada y nos lo da todo), y de la Iglesia como una
red de testimonios que se extiende hasta los confines de la Tierra. Por
otra parte, no ha dejado de recordar a San Benito, que buscó dar
vida a una comunidad fundada en la primacía del amor de Cristo,
sembrando así la semilla de una nueva civilización.
Benedicto XVI.Esta parece ser una de las claves de cómo entiende
Benedicto XVI la nueva evangelización, pues también
recordó a los jóvenes en Colonia que los santos son los
verdaderos reformadores de la historia, y que cristianismo y felicidad
forman un binomio inseparable.
También ha resaltado con fuerza la capacidad de diálogo
del Papa Ratzinger: recordemos sus entrevistas con el sucesor de
monseñor Lefebvre y con Hans Küng, la reactivación
del diálogo católico-ortodoxo y el gran encuentro con la
comunidad judía en la sinagoga de Colonia. Pero, sobre todo, la
Iglesia necesita la guía de este Papa para que su diálogo
con el mundo de hoy no se plantee ni como "reacción" ni como
"disolución", sino como respuesta amorosa y eficaz a sus
esperanzas y oscuridades más profundas.
En España, cambios pero no tanto
A comienzos de marzo tuvo lugar la Asamblea Plenaria de la CEE, que
debía proceder a la elección del nuevo presidente. Los
estatutos de la Conferencia Episcopal se encargan de limitar duramente
la posibilidad de que un obispo ocupe la presidencia durante tres
trienios consecutivos, al obligarle a cosechar dos tercios de los votos
emitidos en el aula. Con todo, el cardenal Rouco estuvo a punto de
lograrlo, porque le faltó un solo voto, y ese resultado
está más cerca de una victoria moral que de un voto de
castigo, como algunos lo calificaron.
Descartado Rouco, el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, fue
receptor de votos que procedían de las diferentes sensibilidades
de la Conferencia. A su favor pesaron su probada solidez doctrinal y su
esforzado servicio a la Iglesia en las difíciles condiciones de
la diócesis de Bilbao, pero seguramente también el deseo
de una parte de los obispos de cambiar el estilo de conducción
de la Conferencia y el modo de presentar en público los asuntos
eclesiales. Como vicepresidente resultó elegido el arzobispo de
Toledo, Antonio Cañizares, un hombre de fuerte personalidad y
notable perfil público, más en la línea del
Cardenal Rouco.
Ricardo Blázquez.En sus primeras intervenciones, Blázquez
señaló que el gran reto para la Iglesia en España
es abrir caminos al Evangelio en una cultura alejada de Dios, y
mostró su inquietud por el desafecto que expresa una parte
significativa de la juventud, porque "la Iglesia es hogar de todos,
también de los jóvenes". También se
percibía una insistencia temática en el diálogo
como método de evangelización. En todo caso, no cambiaba
el programa, pero se entonaba con una melodía propia, como
sucede con cada presidente de la Conferencia.
Algunos círculos políticos y mediáticos
confundieron la realidad con sus deseos, al presentar este cambio como
un paso de la etapa de la confrontación a la del diálogo.
Ni en la presidencia de Rouco faltó disposición al
diálogo ni en la de Blázquez ha podido rendir muchos
frutos, sencillamente porque el Gobierno lo ha hecho imposible, con sus
provocaciones y amagos de ruptura de los consensos básicos, que
tan eficazmente han servido a la convivencia de los españoles en
el último cuarto de siglo.
Familia y educación, campos minados
Y así han desfilado por el escenario el divorcio exprés,
la experimentación con embriones, el pseudomatrimonio entre
personas del mismo sexo y el perseverante intento de desalojar a la
Iglesia de la plaza pública. Este frenesí
"revolucionario" requería también intervenir sobre la
escuela, para completar con el tiempo el cambio social diseñado
por el Gobierno, y así se diseñó la nueva ley de
educación.
En definitiva, la tan cacareada tensión de la Iglesia con el
Gobierno Zapatero ha tenido como principal contenido la defensa del
bien común y de algunos valores sociales de primer orden, antes
que las cuestiones relativas al marco jurídico de la propia
Iglesia. Sobre este fondo, podemos identificar dos momentos de
clímax: la nota del Comité Ejecutivo del mes de mayo, que
recordaba a los católicos su derecho a ejercer la
objeción de conciencia ante los cambios del Código Civil
que hacían desaparecer la definición del matrimonio como
unión de hombre y mujer; y la decisión de no aceptar un
acuerdo sobre la base de algunas mejoras introducidas en el proyecto de
la LOE, días antes de la manifestación del 12-N.
Vista de la multitudinaria manifestación contra la LOE del
12-N.En el primero de los casos, los obispos advirtieron de que se
trataba de un verdadero giro revolucionario, de una corrupción
de la institución matrimonial sin paliativos. En la mencionada
nota, el Ejecutivo llegó a afirmar que la ley que se
pretendía aprobar carecería propiamente del
carácter de una verdadera ley, al estar en abierta
contradicción con la recta razón y con la norma moral. En
un paso posterior, los obispos reconocieron abiertamente su apoyo a la
manifestación promovida por el Foro Español de la
Familia, que congregó a un millón de personas y
contó con la presencia de una veintena de obispos.
Por lo que se refiere al debate educativo, las preocupaciones eran
múltiples: mengua de la libertad de los padres, asfixia
económica y control ideológico de los centros
concertados, marginación académica de la asignatura de
Religión e introducción de la Educación para la
Ciudadanía como obligatoria para todos los alumnos. Con el
proyecto de LOE ya en el Congreso y la manifestación de las
organizaciones educativas ya convocada, el Gobierno intentó una
negociación sui géneris con la CEE, pero pronto
quedó claro que no aceptaba tocar los núcleos duros de su
apuesta educativa, aunque se mostrara dispuesto a suavizar algunas
formulaciones radicales.
Avenirse a una declaración pública en la que se
reconocieran avances sustanciales habría sido prestarse a la
estrategia de la confusión y la desmovilización. Los
obispos declinaron la invitación, y en ese preciso momento se
desató el último capítulo de las hostilidades:
visita forzada de la vicepresidenta De la Vega a Roma, insinuaciones de
revisión a la baja de la financiación y acusaciones de
afición a la pancarta.
La manifestación histórica del 12-N ha confirmado que el
sujeto social católico ha tomado conciencia de algunos graves
peligros, ha encontrado una cohesión desconocida y finalmente no
le hace ascos a una calle que es tan suya como de cualquiera. En todo
caso, el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián,
advertía por esas fechas de que no podemos pensar que el
decaimiento de la fe y su marginación social sean sólo
consecuencia de una determinada política. El principal
desafío que la Iglesia tiene planteado en estos momentos es,
como recuerda continuamente Benedicto XVI, mostrar que la fe no recorta
sino que da plenitud a todas las dimensiones del hombre, que no nos
ancla en el pasado sino que nos lanza a los espacios abiertos del
futuro.
Concluía Sebastián señalando que ésta es la
hora de la humildad, de la paciencia y de la esperanza. Con esa serena
certeza entra la Iglesia en 2006. Feliz año
nuevo.
Fuente: libertaddigital.com
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Autor: José Luis Restán | Fecha: 26/12/05
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