Laicismo y libertad religiosa
A la luz de la Doctrina Social de la
Iglesia, intentamos hoy precisar el significado del laicismo y los
problemas que plantea al recto ejercicio del derecho de libertad
religiosa. Lo primero será dejar clara la diferencia entre la
legítima laicidad y el laicismo.
Laicidad es la distinción entre la esfera política y la
esfera religiosa. Esta distinción y el principio de libertad
religiosa son valores adquiridos y reconocidos por la Iglesia, que
pertenecen al patrimonio de la civilización occidental. La
Iglesia no se confunde con la comunidad política ni está
ligada a ningún sistema político. La Iglesia y la
comunidad política son independientes y autónomas, aunque
ambas estén, de forma diversa, al servicio de la vocación
personal y social del hombre.
El principio de laicidad conlleva el respeto de cualquier
confesión religiosa por parte del Estado. En una sociedad
pluralista, la laicidad es un ámbito de comunicación
entre las diversas tradiciones espirituales y la nación.
La laicidad no debe ser comprendida como autonomía respecto de
la ley moral. La laicidad es la actitud de quien respeta las verdades
que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en la
sociedad. La enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la
autonomía de las realidades temporales se basa en que
éstas tienen su propia verdad interna y constitutiva, su propia
consistencia y valor, y sus propias leyes, que es preciso reconocer y
respetar. Pero esta autonomía no significa que las realidades
temporales puedan ser utilizadas por el hombre sin referencia a Dios,
su creador.
Contradice la legítima laicidad el laicismo intolerante que
rechaza toda presencia pública de la religión, pone
obstáculos a cualquier tipo de relevancia política y
cultural de la fe y busca descalificar el compromiso social y
político de los cristianos, porque éstos se identifican
con las verdades que la Iglesia enseña y obedecen al deber moral
de ser coherentes con la propia conciencia. El laicismo reclama, en
cambio, para sí el más amplio ámbito de libertad
para la crítica pública a las manifestaciones religiosas
y llega incluso a la negación de principios de la ética
natural por la razón de haber sido asumidos en la
enseñanza de la Iglesia.
El laicismo afirma que el agnosticismo y el relativismo
escéptico son la filosofía y la actitud fundamental
correspondientes a las formas políticas democráticas, y
que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren
a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista
democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la
mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios
políticos.
En el horizonte del laicismo es preciso plantear la pregunta religiosa
que surge del misterio de la vida y remite al misterio de Dios. Esta
pregunta está en el centro de toda cultura y no se puede
eliminar sin grave peligro de deterioro de la cultura y de la vida
moral de las naciones. La auténtica dimensión religiosa
es constitutiva del hombre y le permite captar en sus diversas
actividades el horizonte en el que ellas encuentran significado y
dirección.
Y en el horizonte del laicismo es preciso también recordar que
las exigencias éticas esenciales de los medios de
comunicación social son el servicio a la persona mediante la
edificación de una comunidad humana basada en la solidaridad, en
la justicia y en el amor, y la difusión de la verdad sobre la
vida humana y su libre realización plena en Dios. En un mundo en
el que todo fuera relativo e igualmente válido, y con una
cultura de la información que estuviera basada en la
acumulación de hechos sin sentido, la libertad perdería
su consistencia.
La sociedad tiene derecho a una información basada en la verdad,
la libertad, la justicia, y la solidaridad. La cuestión esencial
en este ámbito es si el actual sistema de medios de
información contribuye a hacer a la persona realmente mejor,
más madura espiritualmente y más consciente de su
dignidad humana, más responsable, mas abierta a los
demás, en particular a los más necesitados y
débiles.
Fuente: conferenciaepiscopal.es
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Autor: Mons. Carlos López Hernández | Fecha: 30/03/06
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