El Papa Ratzinger o el platonismo cristiano
... Tiene que
haber un contrapunto, no todo es decidible por mayorías
inestables. Es un fondo humano, común. Sin convicciones morales
comunes no funciona una sociedad, la sociedad deja de ser una...
Disculpen que le llame Ratzinger y no Benedicto, nombre tan memorable:
pero iluminó su apellido antes de ser Papa. Y disculpen si
traigo aquí cuestiones abstrusas, no habituales en un
periódico, quizá en ABC quepan.
La ascensión del cardenal Ratzinger al solio pontificio ha
tenido, entre otras, la gran virtud de exponer a todas las luces, a
todos los vientos, la gran tradición, actualizada, del
Platonismo cristiano. Es la gran síntesis, que viene de los
padres griegos, de San Agustín, de San Anselmo, de tantos otros.
Y hubo también el Platonismo judío de Filón, y el
Platonismo musulmán. Y otros Platonismos que no caben
aquí.
No voy a entrar en los aspectos más estrictamente
teológicos y cristianos, sí en la conexión del
Platonismo con los temas actuales de la libertad y la democracia. Ya se
sabe que Ratzinger ha proclamado, desde su primera homilía como
Papa en Roma, el rechazo del relativismo y de una religión de
consumo, a la carta.
Pero la cosa no es tan simple.
La democracia, que es hoy el único tipo de estado viable en el
mundo y por el cual también apuesta el nuevo Papa, se basa en la
libertad para votar, delegar el poder. Ahora bien, ciertos
teóricos recientes, como Kelsen y Rohrty, piensan que la
democracia no tiene otra moral que la que dicten las mayorías.
Contra esto se alza Ratzinger. Las mayorías a veces se equivocan
(piensa sin duda en la que elevó a Hitler).
El Estado tiene por fin fundamental organizar la sociedad, garantizar
los derechos de los hombres: los derechos humanos, que los griegos
llamaban leyes no escritas. Puede mejorar su suerte, pero no le es dada
la infalibilidad ni el crear paraísos en la tierra (varios han
sido más bien infiernos). Debe limitarse.
Históricamente la democracia nació en Atenas para
resolver las diferencias entre dos clases sociales no con la espada,
sino con los votos. Con un reparto, además, de poderes y unas
leyes (Constitución diríamos) que reglamentaron el juego
de la política. Cuando en Atenas se violaron, todo acabó
en guerra civil. Luego, la democracia revivió en varios lugares
y produjo ya regímenes estables; ya, cuando ambicionó
demasiado y abjuró de todo equilibrio, desorden y guerra. Para
qué ejemplos. Escribí sobre esto en ABC, proponiendo que
la democracia es crisis (crisis controlada), hablando de los
límites de la democracia (¡ay del que los viola!)
Voy a lo que voy: Ratzinger critica el relativismo absoluto, el
«todo vale» con tal de que lo apruebe una mayoría
(aunque sea una mayoría coyuntural y aun antinatural). No: hay
cosas que no dependen de los votos, hay el Bien y la Verdad. La
política es limitada, da un marco, pero debe respetar lo
esencialmente humano, que viene, para Ratzinger, de Dios. Como para
todos los platónicos. Es universal: puede oscurecerse, vuelve.
Hay en el alma una chispa de Dios, decía San Basilio. Y, en
realidad, el hombre tiene memoria ética: el Bien está
grabado por Dios en su alma. San Agustín insistía en ello.
Platonismo cristiano. Por supuesto, el Dios cristiano no es el Dios de
Platón: este era descubierto por los filósofos en la
dialéctica, que dejaba paso en un momento dado a una
iluminación. No era un dios personal. Había las Ideas,
las realidades eternas y más altas, entrevistas por el alma
antes del nacimiento, y que, en su más alta cumbre, son Belleza,
Bondad, Dios. Luego, los primeros cristianos platonizantes sustituyeron
el mundo de las Ideas por el propio Dios personal.
Pero no estoy dando aquí una lección
de filosofía, lo que quiero es exponer cómo se conjuga
ese idealismo platónico con el tema de la libertad y la
democracia. Platón no era demócrata, precisamente. Pero
antes de volver sobre esto, déjenme un momento.
Hay quienes, fuera de todo pensamiento religioso, han propuesto que
esas ideas comunes son algo innato a toda la Humanidad. Otros, que han
sido el producto de un desarrollo cultural. Otros todavía, antes
de Platón, hicieron intervenir a Dios o un dios. Moisés
desde luego, pero también Akenatón en Egipto. En la
India, la moralidad estaba atada a varios dioses, a Krisna por ejemplo.
El rey Asoka, que era «padre de todos los hombres» y
grabó su dhamma («ley sagrada», que traduje yo) en
las rocas de toda la India, tenía que ver con la piedad budista.
Y las «leyes no escritas, eternas de los dioses» de los
griegos «no ahora y ayer, sino que siempre viven y nadie sabe de
dónde vinieron», dice Sófocles en la
Antígona. Luego, dioses helenísticos como Isis (sabemos
de sus procesiones en Sevilla) fueron también patronos de la
más íntima moralidad. Nada tiene todo esto que ver con la
política, se me dirá.
Pues bien, tiene que ver con todo lo humano y, también, por
tanto, con la democracia. Esto proclama Ratzinger: hay el nivel de la
libertad de los votos y de las funciones propias del Estado, hay el
nivel de la Verdad, de la Ética. Viene, para él, de Dios.
Queda pendiente, claro, el problema de los límites:
¿hasta dónde llega la Verdad? (Pilatos la ponía en
duda); ¿dónde está el límite de lo
absoluto, qué es lo modificable?
Tiene que haber un contrapunto, no todo es decidible por
mayorías inestables. Es un fondo humano, común. Sin
convicciones morales comunes no funciona una sociedad, la sociedad deja
de ser una. Esa sociedad fundamentalmente unida deja los votos para lo
secundario. Así es, por ejemplo, en EE.UU.: funciona su
democracia. Un partido que gana respeta en lo fundamental lo que
legisló el anterior. Aquí, no tanto.
Enlazar la teoría de la libertad y de la democracia en el
antiguo esquema del platonismo es el mérito del Papa Ratzinger.
Y en esto no es ya platónico. Platón había vivido
la democracia desestabilizada de Atenas, había visto mil
crímenes: el asesinato legal de Sócrates fue uno de
ellos. Todos los políticos de Atenas, concluyó con
desesperanza en su Carta Séptima, eran detestables. Creó
una «ciudad de palabras», su República: un estado
perfecto, inmutable, basado en la Verdad. ¡Pero era una
tiranía! Así son de terribles las opciones de los hombres.
Pero han pasado muchos años, culturas, gobiernos, desastres.
Y resurrecciones: las democracias, que se habían hundido en los
años veinte y treinta del siglo XX, resucitaron por obra del
triunfo de EEUU e Inglaterra (donde habían sobrevivido) en las
dos guerras mundiales. Se han expandido, son el modelo seguido en todas
partes, mejor o peor.
Entonces, es cierto lo que dice nuestro
Papa: la política no lo es todo, la libertad debe ceñirse
a los límites impuestos por la Verdad. O si quieren, por la
naturaleza humana, que al final no toleró aquellos absolutismos
degradantes que sabemos.
Política e Iglesia son diferentes, deben convivir. Libertad de elección y Verdad tienen igualmente que convivir.
Es posible la democracia, que Platón condenó (y
condenó toda la Edad Media, ni siquiera la versión
«light» de Aristóteles era aceptada), puede convivir
con esa Verdad. Por supuesto, yo no soy quién para especular
sobre su origen. Pero es generalmente humana, ha surgido en muy
diversas culturas, muy diversas épocas. Cierto que algunas
democracias se han hundido en tiranía o revolución (ya lo
sabía Platón). No menos cierto que Verdades, o supuestas
Verdades impuestas, han fracasado. Pueden pensar que aludo a la
Inquisición. Sí, y a muchas cosas más.
Ya ven, al cabo de los siglos se renueva la tradición del
Platonismo cristiano. Se concilia con nuestros tiempos, contra
Platón a veces. Y no puedo entrar en mil matices del pensamiento
religioso del Papa. Sólo en lo generalmente humano, en el gran
tapiz que se extiende desde los griegos y los primeros cristianos hasta
nosotros. Diría que hasta todo el mundo.
Fuente: abc.es
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Autor: Francisco Rodríguez Adrados | Fecha: 05/10/05
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