Ante la discusión parlamentaria de una Ley injusta sobre el matrimonio
El
Congreso de los Diputados ha puesto a discusión una Ley que
desfigura la institución del matrimonio en algo tan elemental
como es su constitución por un hombre y una mujer. Se
trataría por tanto de una Ley radicalmente injusta y perjudicial
para el bien común. Se recuerda la Nota emitida en su día
por el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal a este
respecto bajo el título de "En favor del verdadero matrimonio".
2. Las personas homosexuales, como todos, están dotadas de la
dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano. No es en modo
alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o discrimine. Es
evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los mismos
derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están
llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia.
Condenamos una vez más las expresiones o los comportamientos que
lesionan la dignidad de estas personas y sus derechos; y llamamos de
nuevo a los católicos a respetarlas y a acogerlas como
corresponde a una caridad verdadera y coherente.
3. Con todo, ante la inusitada innovación legal anunciada,
tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural
como que el matrimonio no puede ser contraído más que por
personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas
del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer
matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer
este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario que
excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy
seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas
proposiciones son de orden antropológico, social y
jurídico.
4. a) Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se
fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual
y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a la
fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la
unión corporal del varón y de la mujer en el matrimonio
la expresión de un amor por el que se entregan mutuamente de tal
modo, que esa donación recíproca llega a constituir una
auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que
plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas
vidas personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no
expresar el valor antropológico de la diferencia sexual, no
realizan la complementariedad de los sexos, ni pueden engendrar nuevos
hijos. (…)
El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no sean
encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones de
personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas uniones la
riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único
ámbito donde, como Juan Pablo II recordó al Embajador de
España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden
“decirse con gozo y sin engaño”. No hay razones
antropológicas ni éticas que permitan hacer experimentos
con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a
conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a
contar al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de
representar la polaridad sexual conyugal. La figura del padre y de la
madre es fundamental para la neta identificación sexual de la
persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en
cuestión estas evidencias.
b) La relevancia del único verdadero matrimonio para la vida de
los pueblos es tal, que difícilmente se pueden encontrar razones
sociales más poderosas que las que obligan al Estado a su
reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una
institución más primordial que el Estado mismo, inscrita
en la naturaleza de la persona como ser social. La historia universal
lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el
reconocimiento jurídico de la institución matrimonial.
El matrimonio, en cuanto expresión institucional del amor de los
cónyuges, que se realizan a sí mismos como personas y que
engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible del
crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber
verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el
matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien
formada.
Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto matrimonio entre
personas del mismo sexo, la institución matrimonial
quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es devaluar
la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema
económico. De igual manera, equiparar las uniones homosexuales a
los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso factor de
disolución de la institución matrimonial y, con ella, del
justo orden social.
Se dice que el Estado tendría la obligación de eliminar
la secular discriminación que los homosexuales han padecido por
no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente, necesario proteger a
los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero es
igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones
injustas de los grupos o de los individuos. No es justo que dos
personas del mismo sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no
supone discriminación alguna. En cambio, sí sería
injusto y discriminatorio que el verdadero matrimonio fuera tratado
igual que una unión de personas del mismo sexo, que ni tiene ni
puede tener el mismo significado social. Conviene notar que, entre
otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada
ayudará a superar la honda crisis demográfica que
padecemos.
c) Se alegan también razones de tipo jurídico para la
creación de la ficción legal del matrimonio entre
personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la
única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos
derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad, lo
justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela de
situaciones jurídicas de interés recíproco.
En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación que
abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón y
una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles, en
igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia
pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones,
incluso jurídicas, de sus libertades que podrán
suscitarse serán sin duda muy negativas. ¿Será
posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los
hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado
su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a
la razón? ¿No se acabará tratando de imponer a
todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas
contraria a la verdad del matrimonio?
5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico de las uniones
homosexuales y, más aún, su equiparación con el
matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy
negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la
sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima tiene
la potestad de establecer las normas para la regulación de la
vida social. Pero también es evidente que todos podemos y
debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el
ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan a los
principios de la justicia y contribuyan realmente a la
consecución del bien común. Invitamos, pues, a todos, en
especial a los católicos, a hacer todo lo que
legítimamente se encuentre en sus manos en nuestro sistema
democrático para que las leyes de nuestro País resulten
favorables al único verdadero matrimonio. En particular, ante la
situación en la que nos encontramos, “el parlamentario
católico tiene el deber moral de expresar clara y
públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de
ley” que pretenda legalizar las uniones homosexuales.
6. La institución matrimonial, con toda la belleza propia del
verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en medio
de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una
realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los
bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha
dado su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda
de muchos hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor
sagrado de todo matrimonio verdadero, también del que contraen
quienes no profesan nuestra fe. Junto con muchas personas de
ideologías y de culturas muy diversas, estamos empeñados
en fortalecer la institución matrimonial, ante todo, ofreciendo
a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En
este proyecto de una civilización del amor las personas
homosexuales serán respetadas y acogidas con amor.
Fuente: conferenciaepiscopal.es | Fecha: 21/04/05
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