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La política: servicio al hombre

Entre las distintas formas naturales de agrupación humana, la sociedad política es la más amplia. El bien común que tiende a realizar se alcanza en la medida en que sus miembros ven promovidas las expectativas de alcanzar una vida cada vez más acorde con su dignidad. Desde este punto de vista, no consiste sólo en procurar la satisfacción de algunas necesidades, sino también crear aquellas condiciones éticas que faciliten la plena realización del hombre. Es ésta una enseñanza, entre otras muchas, que Juan Pablo II no se ha cansado de mostrar desde aquel lejano 16 de octubre de 1978 en que comenzó su pontificado. 
El Santo Padre es una de las personalidades más atractivas de la sociedad contemporánea, también para los políticos. Lo pusieron de manifiesto las delegaciones de diputados y senadores de 96 países, que en noviembre de 2000 asistieron en Roma al Jubileo de los políticos, entre las que se encontraban algunas de naciones no cristianas, como Irán, Israel o Túnez. En estos años ha sido invitado para intervenir en los principales foros internacionales. Ya en el primer discurso que pronunció ante la Asamblea General de la ONU (1979), explicó que todo ser humano es miembro de una sociedad civil. Aunque la autoridad representa a un Estado, a un sistema o una estructura política, sobre todo representa a personas. «Todos ustedes –dijo en aquella ocasión– son representantes de los hombres, prácticamente de todos los hombres del globo: hombres concretos, comunidades y pueblos, que viven la fase actual de su historia, y al mismo tiempo están insertos en la historia de la Humanidad». 
En esta relación de servicio a la persona tiene su razón de ser toda actividad política, ya sea nacional o internacional. «En última instancia –dice el Papa–, procede del hombre, se ejerce mediante el hombre y es para el hombre». Y es así hasta el punto de que, como también dijo entonces el Papa, «si la política se ve separada de esta fundamental relación y finalidad, en cierto modo se convierte en fin en sí misma, y pierde gran parte de su razón de ser. Más aún, puede incluso ser origen de una alienación específica, puede resultar extraña al hombre y caer en contradicción con la humanidad misma».
La política es un servicio a la persona, y en cuanto tal «requiere honradez y transparencia» (Azerbaiján, 2002). En aquella visita a la ex-república soviética, dijo también en su discurso a los gobernantes: «El pueblo debe poder sentirse comprendido y protegido. Debe poder constatar que sus líderes trabajan para garantizarles un futuro mejor». Y añadió: «Ojalá no suceda jamás que la gente, ante situaciones de creciente desigualdad social, se vea impulsada a añorar peligrosamente el pasado». Son palabras de una especial fuerza, máxime si se tiene en cuenta que fueron pronunciadas sobre un país joven, que pocos años antes había pertenecido al imperio soviético. «Quien asume la responsabilidad de la gestión de la cosa pública no puede engañarse –advirtió–: ¡el pueblo no olvida! Del mismo modo, sabe recordar con gratitud a quien se ha entregado con honradez al servicio del bien común».
En ocasiones surgen, no obstante, opiniones críticas. «Las quejas expresadas a menudo con respecto a la política no justifican una actitud de escepticismo y compromiso», señalaba en noviembre de 2003 a los participantes en un seminario organizado por la Fundación Robert Schuman. Ciertamente, es más fácil criticar que construir, pero lo positivo es aportar soluciones. El servicio de la política es fundamental para la sociedad. «No basta reclamar la construcción de una sociedad justa y fraterna; también es necesario trabajar de un modo comprometido y competente por la promoción de los valores humanos perennes en la vida pública, de acuerdo con los métodos correctos propios de la actividad política». En alguna ocasión puede suceder que construir una sociedad más libre, democrática y justa, suponga tomar decisiones valientes, pues cuando está en juego la dignidad humana no da igual una cosa que otra.
En última instancia, la coherencia de un político debe expresarse en una correcta concepción de la vida social y política a la que está llamado a servir. Lógicamente, la aplicación de esos principios a la compleja realidad no es algo fácil. Sin embargo, como también explicó el Papa con ocasión del Jubileo de los políticos, «no se puede justificar un pragmatismo que reduzca la política a una pura mediación de intereses, o a una cuestión de demagogia o cálculos electorales». Es importante que haya personas convencidas de que la política no es sólo el arte del acuerdo. Entendido en su auténtico significado, como servicio al hombre, tiene una esencia moral irrenunciable.

Fuente:  alfayomega.es | Autor: José Ramón Garitagoitia | Fecha: Nº 434/20-I-2005

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