Caminando en la cuerda floja de las relaciones Iglesia-Estado. El Papa presenta algunas directrices
Mientras
en las últimas semanas el mundo centra su mirada en la salud de
Juan Pablo II, su propia atención se centra en un tema de gran
preocupación: las relaciones Iglesia-Estado. Un mensaje con
fecha del 11 de febrero enviado al arzobispo de Burdeos,
monseñor Jean-Pierre Ricard, presidente de la Conferencia
Episcopal Francesa, planteaba algunos puntos sobre este tema.
La carta fue enviada tras la conclusión de la visita quinquenal
de los obispos franceses a Roma durante el pasado año. El Papa
observaba que la ley francesa de 1905, que reemplazó el
Concordato de 1804, «fue un evento doloroso y traumático
para la Iglesia en Francia» (No. 2).
Juan Pablo II hacía notar que la ley de 1905 «relegaba el
factor religioso a la esfera privada y rechazaba el reconocimiento del
lugar de la vida religiosa y la institución de la Iglesia en la
sociedad». Añadía, además, que, desde 1920,
el gobierno francés había dado algunos pasos para mejorar
la situación.
Francia, continuaba, abraza el principio de la laicidad
(«laïcité»). La Iglesia, apuntaba,
también está convencida de la necesidad de separar los
papeles de la Iglesia y el Estado, siguiendo la prescripción de
Cristo, «Dad al César lo que es del César, y a Dios
lo que es de Dios» (Lucas 20:25). De hecho, el Concilio Vaticano
II explicaba que la Iglesia no se identifica con ninguna comunidad
política ni está limitada por lazos con ningún
sistema político. Al mismo tiempo, tanto la comunidad
política como la Iglesia sirven a las necesidades de las mismas
personas y este servicio se llevará a cabo de modo más
efectivo si hay cooperación entre ambas instituciones.
Esta cooperación ha seguido mejorando en Francia, comentaba el
Papa, «hasta el punto de que en los últimos años se
ha creado un foro de diálogo al más alto nivel»
(No. 4). Esto ha permitido que se desarrollen las relaciones en un
clima de respeto mutuo. Juan Pablo II también invitaba a los
católicos franceses a participar en la vida pública.
Hablar claro
El Papa también observaba que es necesario dar espacio a la
religión en la sociedad francesa de modo que «no se caiga
en el sectarismo que podría convertirse en una amenaza para el
mismo estado» (No. 6). Esto podría conducir a un aumento
de la intolerancia y a dañar la coexistencia de los grupos que
forman la nación.
Con este fin, continuaba el Pontífice, se debe permitir a los
cristianos hablar en público y expresar sus convicciones durante
los debates democráticos, «desafiando al estado y a sus
compañeros ciudadanos sobre sus responsabilidades como hombres y
mujeres, especialmente en el campo de los derechos humanos
fundamentales y del respeto por la dignidad humana, por el progreso de
la humanidad, pero no a cualquier precio, por la justicia y la equidad,
así como por la protección de nuestro planeta».
Y el Papa no dejó pasar la ocasión sin volver a un tema
constante en los últimos años, la necesidad de dar un
lugar en el continente europeo a los valores cristianos. «El
cristianismo formó en gran medida los rasgos de Europa»,
escribía. «Es tarea de la gente de hoy construir una
sociedad europea sobre los valores que prevalecieron cuando
nació y que son parte de su riqueza» (No. 5).
Mantener la libertad
El 24 de enero, el Papa se dirigió a un grupo de obispos
españoles durante su visita a Roma. Habló de la
propagación de la ideología laicista en la sociedad de
aquel país «que lleva gradualmente, de forma más o
menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa
hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la
fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión
pública» (No. 4). Además, «No se puede
cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo
fundamental», añadía el Santo Padre.
El Papa también insistía en que es necesario que los
católicos busquen «el Reino de Dios ocupándose de
las realidades temporales y ordenándolas según la
voluntad divina». Y les animaba a ser testigos valientes de su fe
en los diferentes ámbitos de la vida pública.
Fe y práctica
El año pasado, Juan Pablo II también tocó las
relaciones Iglesia-Estado en su discurso a un grupo de obispos de
Estados Unidos el 4 de diciembre. Dirigiéndose a los prelados de
las provincias eclesiásticas de Louisville, Mobile y Nueva
Orleáns, el Papa les animaba a que hicieran una prioridad
pastoral del ayudar a los laicos a combinar armoniosamente los deberes
que tienen como miembros de la Iglesia y los que tienen como miembros
de la sociedad humana.
Citando la «Lumen Gentium», No. 36, el Santo Padre afirmaba
que los hombres y mujeres laicos, tras recibir una catequesis adecuada
y una formación continua, han de tener clara su misión
«para extender el Reino de Dios, a través de su actividad
secular, ‘de suerte que el mundo se impregne del espíritu
de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la
caridad y la paz’» (No. 3).
Por eso, es necesario que los fieles reciban instrucciones claras sobre
sus deberes como cristianos, y sobre su obligación de actuar de
acuerdo con la enseñanza autorizada de la Iglesia,
añadía el Papa. Y para quienes objetan que tal
instrucción tiene un tono excesivamente político, Juan
Pablo II establece claramente: «Aun respetando plenamente la
separación legítima de la Iglesia y el Estado en la vida
americana, esta catequesis debe también dejar claro que para el
fiel cristiano no puede haber separación entre la fe que es para
ser vivida y ponerla en práctica y su compromiso de
participación total y responsable en la vida profesional,
política y cultural» (No. 3).
Juan Pablo II urgía además a los obispos a que dieran
prioridad a esta área en su trabajo. «Dada la importancia
de estos temas para la vida y misión de la Iglesia en su
país, les animaría a considerar el inculcar los
principios doctrinales y morales subrayando el apostolado de los laicos
como esencial en su ministerio de maestros y pastores de la Iglesia en
América».
Modelo europeo
La necesidad de reforzar los valores espirituales y morales en la
sociedad civil fue también el tema de un reciente documento
publicado por la Comisión de las Conferencias Episcopales de la
Comunidad Europea. El 25 de febrero, el comité ejecutivo de la
COMECE hizo público un borrador de debate sobre el tema de la
renovación de la estrategia de Lisboa de la Unión
Europea. La estrategia de Lisboa tiene como fin afrontar reformas que
tienen que ver con materias relacionadas con las políticas
sociales y de bienestar.
Los obispos europeos observaban la necesidad de una mayor
atención a los valores espirituales en la construcción de
la Unión Europea. «Se presta todavía demasiada poca
atención a la promoción de una conciencia de estar
enraizados en una tradición religiosa y cultural y a la
comprensión de la historia europea», afirmaban.
La estrategia de Lisboa no menciona el término
«espíritu», y sólo lo hace en término
de reforzar el espíritu empresarial. «Europa puede
producir individuos dinámicos y excepcionales si se forman en
una educación cultura y religiosa consciente de la historia de
Europa», añadían los obispos.
«Los europeos parecen haber perdido también sus sentido de
lo que es santo, trascendente y ceremonial», observaban los
prelados. De hecho, «es deprimente ver que en muchas partes de
Europa, los domingos e incluso las fiestas religiosas y nacionales se
han vuelvo días ordinarios de trabajo y de compras». La
religión, defendía el documento de los obispos, puede
jugar un papel importante en la consolidación del modelo social
europeo. Ahora más que nunca, defienden, la sociedad secular
necesita que la religión le eche una mano.
Fuente: zenit.org | Fecha: 12/03/05
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