Clamor popular
La
manifestación de ayer (por el sábado) es un clamor popular en defensa de la
familia que el Gobierno no puede, legítimamente, dejar de
oír. La participación popular ha rebasado las
expectativas más optimistas de los organizadores. La asistencia
ha alcanzado al millón y medio de personas, muy por encima de la
masiva realizada en contra de la negociación con ETA.
Estamos quizá ante la mayor manifestación de la historia
de la democracia, junto con la que suscitó el asesinato de
Miguel Ángel Blanco. Queda claro que para la inmensa
mayoría de los españoles «la familia sí
importa», y que se encuentra amenazada por la reforma legislativa emprendida por el Gobierno. Es un éxito sin paliativos de la convocatoria del Foro Español de la Familia.
Cabe resaltar que se ha tratado de una iniciativa social, no
política, que ha contado con el apoyo de organizaciones
internacionales en defensa de la familia, de la Iglesia Católica
española y del Partido Popular y de Unión
Democrática de Cataluña, entre otras instituciones. Pero
nadie puede apropiarse del éxito sino el conjunto de los
españoles, la mayoría social. Es la voz de los ciudadanos
en defensa de algo de lo que más les importa: la supervivencia
del matrimonio y de la familia. Es el triunfo de los ciudadanos que no
se resisten a ser manipulados ni privados de sus derechos
fundamentales. Y todo ello en un ambiente festivo, de afirmación
y de alegría, y sin incidentes ni agresiones verbales. La
petición no ha podido ser más clara: que el Gobierno
retire su reforma legal y que reconozca la realidad natural de que toda
persona tiene un padre y una madre.
Las razones son muchas, profundas y conocidas. Es un movimiento
ciudadano que no se dirige contra nadie, en especial contra los
homosexuales, a los que no se niega ni su dignidad ni sus derechos,
sino que sólo promueve los valores que residen en el matrimonio
y la familia. El proyecto del Gobierno no sólo ignora realidades
antropológicas, morales y sociales fundamentales, sino que,
además, se ha sustanciado sin diálogo ni consenso, sin
tener en cuenta la opinión de instituciones autorizadas, como el
Consejo General del Poder Judicial,
la Comisión General de Codificación y las Reales
Academias. Pero si repudiables son las formas, tanto o más lo es
el contenido. Su inconstitucionalidad es patente, pues la Carta Magna
reconoce el derecho a contraer matrimonio al hombre y la mujer,
distinción que no se realiza cuando se trata del resto de los
derechos. Lejos de extender el ámbito del disfrute del derecho a
contraer matrimonio o a la adopción (sobre el que prevalece el derecho y el interés de los adoptados),
se trata de la desintegración del matrimonio y de la familia en
su sentido natural. Nada hay en este planteamiento contra el respeto
que merecen los homosexuales ni contra el reconocimiento de los efectos
civiles que susciten sus uniones estables de hecho. Lo que está
en juego es la supervivencia de la familia. El matrimonio es la unión estable entre el hombre y la mujer,
abierta a la procreación y a la educación de los hijos, y
que aspira a realizar otros fines, como la ayuda mutua. Pero sin la
apertura a la procreación (y, por tanto, menos aún, sin
la posibilidad de ella), puede haber cualquier cosa pero no matrimonio
(el contraído entre ancianos es un caso excepcional). No hay
discriminación cuando no existe identidad de situaciones. Por el
contrario, tratar de manera igual situaciones desiguales es injusticia.
Los valores que realiza el matrimonio, especialmente la
transmisión de la vida, no los puede realizar una unión
entre personas del mismo sexo. La apoteosis contemporánea de los
derechos no suele ir unida al recordatorio de los deberes. Si a esto se
añade la agilización frenética de los
trámites de divorcio, queda abierta la puerta a la
desintegración familiar y, además, al abuso del Derecho.
Por no hablar de la censura que se impondrá en los libros de
texto escolares, obligados a defender la falsedad de que la
unión entre personas del mismo sexo sea un matrimonio. La
reforma del Gobierno, que va más allá de los precedentes
de las legislaciones de sólo tres países (Bélgica,
Holanda y Canadá), entraña una negación de lo que
ha sido una institución fundamental, no sólo en el
ámbito de la civilización occidental, sino en la historia
toda de la Humanidad. Cuando el Derecho se aparta de la naturaleza de
las cosas y acoge la transgresión del orden moral, se envilece y
deja de serlo.
Ante estas razones y el intenso clamor ciudadano, el Gobierno ha permanecido sordo,
firme en el error y renuente al diálogo, atendiendo sólo
a la exhibición de un falso progresismo o sucumbiendo a las
presiones de grupos minoritarios que carecen de genuina
representatividad. También ha cometido un grave error
político de cálculo. Acaso pensaba acogerse a los
beneficios de la política de hechos consumados, creyendo que
sólo habría una erupción crítica pasajera.
Se ha equivocado gravemente. Quizá no esperaba una contestación social tan firme y enérgica.
Creía acaso que la calle era territorio propio de la izquierda y
no pensaba que, en una democracia, es de todos. Pero tocaba la fibra
más íntima y sensible de las convicciones sociales. No
estamos ante una cuestión religiosa, partidista ni
ideológica, sino ante la defensa por parte de la mayoría
de la sociedad de unos valores sobre los que se cimienta su
concepción del mundo y aquello por lo que piensan que la vida
merece ser vivida. No es sólo la Iglesia Católica la que,
en el cumplimiento de su misión pastoral, se ha opuesto al
desmán, sino las demás confesiones religiosas y la
opinión de cientos de miles de ciudadanos que acaso carecen de
fe, pero que no se resignan a la destrucción de la familia. De
nada han servido, salvo para desprestigiar a sus promotores, las advertencias previas
de colectivos que denunciaban posibles, e inexistentes, agresiones
verbales a la dignidad y al respeto de los homosexuales, secundadas por
la Fiscalía General del Estado, sumisa a los dictados
gubernamentales. Advertencias, por cierto, inexistentes en el caso de
otras convocatorias amparadas por la ideología del progresismo
retrógrado. Absurdas han resultado las insinuaciones de que la
manifestación, celebrada en Madrid,entrañaba una ruptura de la jornada de reflexión
previa a las elecciones autonómicas gallegas. Acaso aquí
les ha traicionado su mala conciencia por los sucesos de la
víspera de las elecciones generales del 14 de marzo de 2004.
También ha quedado en ridícula evidencia la actitud de emisoras y cadenas públicas de televisión
que han querido poner sordina al clamor popular y no han querido ser
testigos de la realidad, como exige la deontología profesional.
La voz ha sido tan alta y tan justa que no podrán, sin sonrojo,
acallarla. Y queda ahora la respuesta de un Gobierno que, con muy
menguados títulos, dice profesar el respeto y la atención
a la opinión de los ciudadanos. Ésta se ha expresado con
masiva contundencia. Ahora se encuentra abocado a un dilema: o
perseverar en el error y transitar hacia su ruina política, o
reconocerlo y reabrir un proceso de negociación con la retirada
previa de un proyecto que ha concitado el mayor rechazo popular de la
democracia española. El Gobierno, que, cuando estaba en la
oposición y en sus primeros días de ejercicio, tanto
presumía de escuchar la voz de la calle, no puede persistir en
la pretensión de que su reforma no va contra nadie sino a favor
de una minoría postergada. Va contra la voluntad mayoritaria del
pueblo español. Una manifestación no es por sí
sola criterio de legitimidad democrática, pero un Gobierno que
desprecia una opinión tan masiva y razonada se desliza por la
ladera de la ilegitimidad y cava su tumba política.
Fuente: abc.es |
Autor: Ignacio Sánchez Cámara | Fecha: 19/06/05
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