El sarcasmo laicista
Lo
impío causa furor, decididamente está de moda. Todo vale
si la cuestión es ridiculizar al cristianismo. Su
tradición, sus símbolos, su liturgia, sus costumbres. Lo
que sea. Ni respeto ni mandingas. Es un auténtico festín,
una orgía compulsiva que llena de satisfacción a los
profetas del pedigrí progresista. La asnería ha llegado a
tales términos en la actual legislatura que, cuanto más
soez e irreverente te muestres, mayor será la recompensa y el
condumio. Tal vez unos minutos de telediario, o quizá un puesto
fetén en la administración (o en Prisa, que es
todavía más grato), o un premio nacional de algo, o un
"goya", o una portada. ¡Quién sabe! La blasfemia,
señores, es pieza cotizada hoy en día. El
escándalo vende. La irreverencia se ha convertido ya en una
vasta operación mercantil. E incluso electoral.
La deshumanización va haciendo sus deberes, y el corazón
de las personas se va volviendo cada vez más inhóspito,
refocilándose en el embeleso de la maldad. Hace unos días
supe que en la página web "eBay" –dedicada a menesteres de
almoneda– se había llegado a vender al mejor postor una
hostia consagrada. Ahí es nada. El sacrílego suceso tuvo
lugar en Estados Unidos, pero podría haber ocurrido
perfectamente en España. El desprecio a lo más sagrado es
consecuencia de un apagamiento intelectual. Es decir, espiritual. No
sentimos la poesía de la vida, embobados en la última
tontería que se pueda comprar, en la apariencia de una desganada
paranoia relativista. Y si cunde lo intrascendente, lo abstruso y lo
demencial es porque hemos dejado de creer en la felicidad. Así
de claro.
Ejemplos de insultos a la religión cristiana no faltan a lo
largo del último año, pues el talante socialista no deja
de hacer estragos. Se ha llegado a convertir en una costumbre, en
seña de identidad –casi la principal– de
determinados grupos políticos radicales. Porque así
conciben algunos el respeto y la democracia. Como antecedente, recuerdo
con pena las cucamonas burlonas que en 1982 unos híspidos
concejales del PSOE le iban haciendo por detrás a Juan Pablo II,
mientras salían por la puerta alta de la basílica del
Pilar, en Zaragoza. Por lo tanto, ante las cuchufletas de Carod, Maragall, y demás compinches hacia la corona de espinas –signo
de tortura y redención divina del eccehomo (¿se los
imaginan bailando una sardana bajo las duchas de gas de
Auschwitz?)– uno reacciona con empacho. Son unos infelices, sin
ninguna consistencia humana, política y moral para los puestos
que ocupan. Su melopea mental no hay pócima que la remedie.
Más que una glosa, el episodio necesita un exorcismo. Que se
vayan a su casa y nos dejen en paz.
Fuente: elsemanaldigital.com |
Autor: Guillermo Urbizu | Fecha: 29/05/05
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