El Adviento y la Navidad, «poderoso anuncio de esperanza»
Intervención de Juan Pablo II en la audiencia general dedicada a meditar sobre el misterio de la Navidad.
1. «El reino
de Dios está cerca: no tardará». Estas palabras,
tomadas de la liturgia de hoy, expresan el clima de nuestra diligente y
orante preparación para las fiestas navideñas que ya
están cerca.
El Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá para
visitarnos con su salvación, realizando plenamente su Reino de
justicia y de paz. La evocación anual del nacimiento del
Mesías en Belén renueva en el corazón de los
creyentes la certeza de que Dios es fiel a sus promesas. El Adviento
es, por tanto, un poderoso anuncio de esperanza que afecta en
profundidad a nuestra experiencia personal y comunitaria.
2. Todo hombre
sueña con un mundo más justo y solidario, donde
condiciones dignas de vida y una pacífica convivencia hagan
armoniosas las relaciones entre individuos y pueblos. Con frecuencia,
sin embargo, no es así. Obstáculos, contrastes y
dificultades de todo tipo pesan como un fardo sobre nuestra existencia
y en ocasiones parecen oprimirla. Las fuerzas y el valor para
comprometerse por el bien corren el riesgo de ceder ante el mal que en
ocasiones parece prevalecer. Es precisamente en estos momentos cuando
sale en nuestra ayuda la esperanza. El misterio de Navidad, que en unos
cuantos días volveremos a vivir, nos asegura que Dios es el
Emmanuel, Dios con nosotros. Por este motivo, nunca debemos sentirnos
solos. El está a nuestro lado, se hizo uno de nosotros al nacer
en el seno virginal de María. Compartió nuestra
peregrinación sobre la tierra, permitiéndonos alcanzar
esa alegría y paz a la que aspiramos en lo más profundo
de nuestro ser.
3. El tiempo de
Adviento pone de relieve un segundo elemento de la esperanza, que
afecta más en general al significado y al valor de la
existencia. Con frecuencia nos preguntamos: ¿quién somos?
¿Adónde vamos? ¿Qué sentido tiene lo que
hacemos en la tierra? ¿Qué nos espera tras la muerte?
Hay objetivos que son indudablemente buenos y honestos: la
búsqueda de un mayor bienestar material, de metas sociales,
científicas y económicas cada vez más avanzadas,
una mejor realización de las expectativas personales y
comunitarias. Pero, ¿son suficientes estas metas para satisfacer
las aspiraciones más íntimas de nuestro espíritu?
La liturgia de hoy nos invita a ampliar el alcance de nuestra mirada y
a contemplar la Sabiduría de Dios que surge del Altísimo
y es capaz de abarcar los confines del mundo, disponiendo todo
«con suavidad y fuerza» (Cf. Antífona responsorial).
Que del pueblo cristiano surja entonces con espontaneidad la invocación: «Ven, Señor, no tardes».
4. Vale la pena
subrayar, por último, un tercer elemento característico
de la esperanza cristiana, que subraya el tiempo de Adviento. El
Adviento y sobre todo la Navidad recuerdan al hombre, que
sobreponiéndose a las vicisitudes cotidianas busca la
comunión con Dios, que ha sido Dios quien ha tomado la
iniciativa para salirle a su encuentro. Al hacerse niño,
Jesús asumió nuestra naturaleza y estableció su
alianza con toda la humanidad para siempre.
Podemos, por tanto, decir al concluir que el sentido de la esperanza
cristiana, replanteada por el Adviento, es el de la espera confiada, el
de la disponibilidad operante y de la apertura gozosa al encuentro con
el Señor. En Belén, vino para quedarse con nosotros para
siempre.
Iluminemos estos días de inmediata preparación a la
Navidad de Cristo con la luz y con el calor de la esperanza, queridos
hermanos y hermanas. Esto es lo que os deseo a los que estáis
aquí presentes y a vuestros seres queridos. Lo pongo en manos de
la materna intercesión de María, modelo y apoyo de
nuestra esperanza.
¡Feliz Adviento y feliz Navidad a todos!

Fuente: vatican.va
|
Autor: Juan Pablo II | Fecha: 17/12/03
Más
información:
|