Texto de la homilía pronunciada durante el funeral de Juan Pablo II
«Sígueme»,
dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra
a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas.
«Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede
considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida
de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales
depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el
corazón lleno de tristeza pero también de gozosa
esperanza y de profunda gratitud.
Estos son nuestros sentimientos y nuestro ánimo. Hermanos y
hermanas en Cristo, presentes en la plaza de San Pedro, en las calles
adyacentes y en otros lugares diversos de la ciudad de Roma, poblada en
estos días de una inmensa multitud silenciosa y orante. Saludo a
todos cordialmente. También en nombre del colegio de cardenales
saludo con deferencia a los jefes de Estado, de gobierno y a las
delegaciones de los diversos países. Saludo a las autoridades y
a los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, al igual
que a los de las diversas religiones. Saludo a los arzobispos, a los
obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos
los continentes; de forma especial a los jóvenes que Juan Pablo
II amaba por representar el futuro y la esperanza de la Iglesia. Mi
saludo llega también a todos los que en cualquier lugar del
mundo están unidos a nosotros a través de la radio y la
televisión, en esta participación coral en el rito
solemne de despedida del amado pontífice.
«Sígueme». Cuando era un joven estudiante, Karol
Wojtyla era un entusiasta de la literatura, del teatro, de la
poesía. Trabajando en una fábrica química,
circundado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del
Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan particular
comenzó a leer libros de filosofía y de teología,
entró después en el seminario clandestino creado por el
cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus
estudios en la facultad teológica de la Universidad
Jagellónica de Cracovia. Tantas veces en sus cartas a los
sacerdotes y en sus libros autobiográficos nos habló de
su sacerdocio, al que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos
textos interpreta su sacerdocio, en particular a partir de las palabras
del Señor. En primer lugar éstas: «No me
habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a
vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y
vuestro fruto permanezca». Las segundas son: «El buen
pastor da la vida por sus ovejas». Y finalmente: «Como el
Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi
amor». En estas palabras vemos el alma entera de nuestro Santo
Padre. Realmente ha ido a todos los lugares, incansablemente, para
llevar fruto, un fruto que permanece. «Levantáos,
vamos», es el título de su penúltimo libro.
«Levantáos, vamos». Con esas palabras nos ha
despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos
de ayer y hoy. «Levantáos, vamos», nos dice hoy
también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote
hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y
por la entera familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de
la Iglesia y sobre todo en las duras pruebas de los últimos
meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen
pastor que ama sus ovejas. Y, en fin, «permaneced en mi
amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo
una capacidad de perdón y de apertura de corazón para
todos, nos dice hoy también con estas palabras del Señor:
«Habitando en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de
Cristo, el arte del amor verdadero».
«Sígueme». En julio de 1958 comienza para el joven
sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el
Señor y tras el Señor. Karol fue, como era habitual, con
un grupo de jóvenes apasionados de la canoa a los lagos Masuri
para pasar unas vacaciones juntos. Pero llevaba consigo una carta que
lo invitaba a presentarse al primado de Polonia, el cardenal Wyszynski
y podía adivinar solamente el motivo del encuentro: su
nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia. Dejar la
enseñanza universitaria, dejar esa comunión estimulante
con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e
interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en
el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo
aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo,
perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven
sacerdote. Sígueme, Karol Wojtyla aceptó, escuchando en
la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. Y así se dio cuenta
de lo verdadera que es la palabra del Señor: «Quien
pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda la
conservará viva». Nuestro Papa —todos lo
sabemos— no quiso nunca salvar su propia vida, tenerla para
sí; quiso entregarse sin reservas, hasta el último
momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma pudo experimentar
cómo todo lo que había puesto en manos del Señor
retornaba en un nuevo modo: el amor a la palabra, a la poesía, a
las letras fue una parte esencial de su misión pastoral y dio
frescura, actualidad y atracción nuevas al anuncio del
Evangelio, también cuando éste es signo de
contradicción.
«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla
escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo
con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia:
«Simón de Juan ¿me amas? Apacienta mis
ovejas». A la pregunta del Señor: Karol ¿me amas?,
el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su
corazón: «Señor, tú lo sabes todo, tú
sabes que te amo». El amor de Cristo fue la fuerza dominante en
nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha
oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo
enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas
puramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su
Iglesia universal. Este no es el momento de hablar de los diferentes
aspectos de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente dos
pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales
de su anuncio. En la primera lectura dice San Pedro —y dice el
Papa con San Pedro—: «En verdad comprendo que Dios no hace
acepción de personas, sino que en cualquier pueblo le es
agradable todo el que le teme y obra la justicia. Ha enviado su palabra
a los hijos de Israel, anunciando el Evangelio de la paz por medio de
Jesucristo, que es Señor de todos». Y en la segunda
lectura, San Pablo—y con San Pablo nuestro Papa difunto—
nos exhorta con fuerza: «Por tanto, hermanos muy queridos y
añorados, mi gozo y mi corona, ¡permaneced así,
queridísimos míos, firmes en el Señor!».
«¡Sígueme!» Junto al mandato de apacentar su
rebaño, Cristo anunció a Pedro su martirio. Con esta
palabra conclusiva y que resume el diálogo sobre el amor y sobre
el mandato de pastor universal, el Señor recuerda otro
diálogo, que tuvo lugar en la Última Cena. En este
ocasión, Jesús dijo: «Donde yo voy, vosotros no
podéis venir». Pedro dijo: «Señor,
¿dónde vas?». Le respondió Jesús:
«Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me
seguirás más tarde». Jesús va de la Cena a
la Cruz y a la Resurrección y entra en el misterio pascual;
Pedro, sin embargo, todavía no le puede seguir. Ahora
—tras la Resurrección— llegó este momento,
este «más tarde». Apacentando el rebaño de
Cristo, Pedro entra en el misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y
la Resurrección. El Señor lo dice con estas palabras,
«...cuando eras más joven ... ibas adonde querías;
pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te
ceñirá y llevará adonde no quieras». En el
primer período de su pontificado el Santo Padre, todavía
joven y repleto de fuerzas, y bajo la guía de Cristo, fue hasta
los confines del mundo. Pero después compartió cada vez
más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor
la verdad de las palabras: «Otro te
ceñirá...». Y precisamente en esta comunión
con el Señor que sufre anunció el Evangelio
infatigablemente y con renovada intensidad el misterio del amor hasta
el fin.
Ha interpretado para nosotros el misterio pascual como misterio de la
divina misericordia. Escribe en su último libro: el
límite impuesto al mal «es en definitiva la divina
misericordia». Y reflexionando sobre el atentado dice:
«Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo
sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva
dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento
que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene
también del pecado un multiforme florecimiento de bien».
Animado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en
comunión con Cristo, y por eso, el mensaje de su sufrimiento y
de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo.
Divina Misericordia: el Santo Padre encontró el reflejo
más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios.
Él, que había perdido a su madre cuando era muy joven,
amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó
las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas
a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu
madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la
acogió en lo íntimo de su ser (eis ta idia: Jn 19,27)
—«Tous tuus»—. Y de la madre aprendió a
conformarse con Cristo.
Ninguno de nosotros podrá olvidar cómo en el
último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por
el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del
Palacio Apostólico Vaticano y dio la bendición
«Urbi et Orbi» por última vez. Podemos estar seguros
de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa
del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo
Padre. Confíamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre,
que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria
eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.
Fuente: Vatican Information Service |
Autor: Cardenal Joseph Ratzinger | Fecha: 08/04/05
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